Alemania y la cuestión judía — Traducción al español

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Leer el original (en inglés): https://nationalsocialistreeducation.wordpress.com/2017/03/27/germany-and-the-jewish-question/

Por el Dr. Friedrich Karl Wiehe
Publicado en Berlín, 1938

Tabla de contenidos

Introducción
1. Población y estructura social de los judíos alemanes
2. Los judíos en la vida económica alemana
3. Los judíos y la corrupción
4. Los judíos en la vida política alemana
5. Los judíos en la prensa alemana
6. Los judíos en el arte y literatura alemana
7. La parte judía en la inmoralidad
8. La parte judía en el crimen

Introducción

“Fui un judío antes de ser un americano. He sido un americano toda mi vida, 64 años. Pero he sido un judío por 4.000 años.”

– Rabino Wise en un discurso en Cleveland en junio de 1938.

Desde el día que los nacionalsocialistas llegaron al poder en Alemania, poniendo de esa manera la solución del problema judío al frente de la política alemana, la opinión pública del mundo entero se ha vuelto incrementalmente más interesada en ese problema. . . .

La actitud de Alemania hacia la cuestión judía puede ser correctamente entendida solo si la consideramos desde el punto de vista de una filosofía de la historia basada en el concepto de la raza como un factor fundamental de la evolución social — p.ej. de la filosofía que desde el comienzo ha inspirado el esfuerzo nacionalsocialista de reconstruir y reorganizar la vida entera de la nación alemana. De acuerdo con esta filosofía, la diferenciación y variedad de las heterogéneas razas humanas, así como de los pueblos que descienden de ellas, constituyen un elemento esencial del propósito creativo divino. La Providencia le ha asignado a cada pueblo la tarea de desarrollar libremente y al máximo sus propios rasgos característicos. Así, de esta manera es contrario al propósito divino si un pueblo permite que su destino sea formado por fuerzas extrañas; y un pueblo así seguramente perecerá en la lucha por la existencia. La pregunta del valor intrínseco de dichas fuerzas es irrelevante. Lo único que importa es que ellas son extrañas — que no tienen parte o relación a la estructura hereditaria, biológica y tradicional, del pueblo donde ellas operan.

Ninguna demostración mas clara de esta verdad ha sido provista en la historia mundial que la caída del Imperio romano, que estuvo condenada desde el momento que el elemento romano antiguo que formó su núcleo comenzó a ser estrangulado por la llegada de influencias extranjeras. La vida entera — política, social, económica, militar — del Imperio romano fue finalmente dominada por influencias extrañas, el resultado siendo un sincretismo racial y cultural que no podía ser sino fatal para el Imperio a la larga.

La familia, como la célula de la comunidad social, está naturalmente sujeta a la misma ley de herencia que el agregado. Esos pueblos que son derivados de la raza germánica, para citar solo este ejemplo particular, tienen un instinto de familia fuertemente desarrollado. Ellos saben, gracias a la intuición instintiva fortificada por la experiencia hereditaria, que el destino de cada familia es determinado a través de sucesivas generaciones por la predominancia de ciertos factores biológicos y tradicionales. Así, en todas las familias donde la consciencia de esta verdad no ha sido destruida, el cuidado más grande posible es invariablemente tomado en que no habrá ninguna mezcla de sangre nueva susceptible de adulterar la composición racial o de rebajar el estándar tradicional de la familia. Un número de familias ilustres en la historia ha mantenido consistentemente este estándar por una adherencia rigurosa al principio de consanguinidad.

Alemania, partiendo de una filosofía de la historia basada en el principio de la diferenciación racial, es el primer país en haber llevado consistentemente las conclusiones resultantes de las lecciones de los últimos dos mil años con respecto a la cuestión judía. Estas lecciones nos han enseñado la razón de por que el intento de resolver esta cuestión por medio del intento abortivo de asimilar a los judíos estaba predestinado a fallar. Estas lecciones han probado hasta el final la completa imposibilidad de asimilar a los judíos, y han mostrado lo inevitable de la recurrencia periódica del antisemitismo en consecuencia.

Las lecciones enseñadas por los últimos dos mil años pueden ser resumidas de la siguiente manera:-

[1] La cuestión judía no es religiosa, sino que es exclusivamente una cuestión racial. Los judíos, la gran mayoría que es de ascendencia oriental, p.ej. de ascendencia del cercano Oriente, no tienen ninguna afinidad racial con los pueblos de Europa. Debe observarse que la actitud del gobierno alemán frente a la cuestión judía esta dictada solamente por el hecho que los judíos son una raza extraña, sin ninguna consideración del valor intrínseco de las cualidades específicas de esa raza.

Incluso en la era de la emancipación, durante la cual los judíos fueron en principio incorporados en las comunidades nacionales del mundo occidental, y que fue caracterizada por la “conversión” de millones de judíos al cristianismo, se probó imposible de quitar las trazas de su naturaleza extraña inerradicable. Suficiente evidencia de este hecho es proveniente de fuentes judías. En su libro Höre, Israel, el fallecido Dr. Walther Rathenau escribió: “En la vida de la nación alemana los judíos son una raza extraña claramente diferenciada… En las marchas de Brandenburgo son como una horda asiática.” El conocido autor judío Jakob Klatzkin se expresó con un candor refrescante en su trabajo Krisis und Entscheidung im Judentum (1921) como sigue: “En todas partes somos extraños en las tierras donde vivimos, y es nuestra inflexible resolución la de mantener nuestra idiosincrasia racial.” Ambos testimonios fueron provistos en una época donde la emancipación de los judíos en Alemania había llegado a su punto culmine.

[2] Por los últimos 2000 años la raza judía ha estado mudándose perpetuamente. El mundo entero es su hogar, conforme con el dicho ubi bene, ibi patria. Leales a su destino, los judíos jamás admitirán ser atados a ningún lazo nacional. La estructura anormal de la comunidad judía, en la cual ni campesinos ni artesanos encuentran un lugar, hace imposible para los judíos adaptarse a las condiciones de vida en los países que les dan hospitalidad.

[3] La predisposición racial y el destino histórico se combinan para inclinar a los judíos a ciertas categorías de actividad, cuya esfera de influencia es, por su misma naturaleza, internacional. Es explicable consecuentemente que, durante la era de emancipación, los judíos hayan debido exitosamente buscado obtener el control de a) la opinión pública, b) los mercados de acciones, c) el comercio al por mayor y menor, d) ciertas organizaciones culturales influyentes, y — por último, pero no por eso menos importante — e) la vida política. Al cierre de la era de la emancipación en Alemania, los judíos disfrutaron un monopolio práctico de todas las profesiones que ejercen influencia intelectual y política. Esto les permitió estampar sus rasgos completamente extraños en toda la vida pública del país.

[4] Uno de los resultados alcanzados por la política de “asimilación” durante la era de emancipación fue la liberación de los judíos en Europa del Este de sus guetos, y su inmigración a los Estados más liberalmente orientados de Europa Occidental y Norteamérica. Entre 1890 y 1900, unos 200.000 judíos de Europa del Este encontraron su camino hacia Gran Bretaña. El número de judíos que emigró a los Estados Unidos entre 1912 y 1935 está computado en mas de 1.500.000. Si la cuestión judía ha llegado a tener hoy una importancia tan vital, esto se debe en gran parte debido a esas migraciones de judíos, migraciones que, por un lado, demostraron la naturaleza ilusoria de la teoría de la capacidad de los judíos para la asimilación, y, por el otro lado, aceleraron el proceso de la dominación de los Estados del Oeste de Europa y los Estados Unidos por elementos judíos.

El proceso en cuestión había sido prácticamente completado antes de la llegada del nacionalsocialismo al poder. Una raza extranjera, sin raíces en el suelo germano y sin ni siquiera la asociación más remota con el pueblo alemán, había tomado posesión de Alemania. El veneno de un espíritu extraño, de una manera extraña de pensar, había sido inyectado, astuta y sistemáticamente, dentro de la mente alemana. Así, el organismo alemán entero necesariamente le daba una impresión completamente errónea a un observador desde afuera. El nacionalsocialismo entonces debía enfrentarse a la necesidad urgente de resolver un problema que vitalmente afectaba la misma existencia de la nación alemana.

Observadores extranjeros imparciales habían reconocido hacía tiempo la inevitabilidad de una solución radical de la cuestión judía en Alemania. Ya en diciembre de 1910, el Times, en una reseña del libro de Houston Stewart Chamberlain “Las bases del siglo diecinueve,” remarcó que casi todo en Alemania había llegado a estar bajo el control judío – no solo la vida de negocios, sino además la prensa, el teatro, las películas, etc., en resumen, todo lo susceptible de influenciar la vida espiritual alemana, y que sería inconcebible que los alemanes pudieran tolerar semejante estado de cosas a la larga. Un choque debía inevitablemente ocurrir tarde o temprano, en la visión del Times.

Desde que la solución del problema judío por medio de la asimilación de la raza judía, de su absorción en la vida nacional alemana, había probado ser completamente imposible, ahí le quedaba a los nacionalsocialistas la única alternativa de resolver la cuestión judía mediante la eliminación de esa raza inasimilable de Alemania.

Los críticos extranjeros toman particular objeción a esta visión. Incluso los observadores objetivos, completamente enterados de las consecuencias de la ascensión judía y del resultado inevitable de una reacción antisemita, condenan los métodos adoptados por el nacionalsocialismo para la solución de la cuestión judía en Alemania como inhumanos y bárbaros cuando son llevados a su única conclusión lógica.

Ya sea que sea considerado desde un punto de vista puramente psicológico, o desde un punto concretamente político, esta crítica de la actitud de Alemania esta destinada a ejercer gran influencia en las relaciones de Alemania con otros países. Es necesario así examinar cuidadosamente los argumentos en los cuales esta crítica está basada.

Es incontestable — de hecho, ningún intento se ha hecho para negar o incluso minimizar el hecho — que la política del gobierno alemán hacia los judíos ha acarreado numerosas dificultades — llegando en algunos casos individuales a un caso positivo de error de justicia. No puede ser negado que un número de judíos afectados por las recientes medidas legislativas dirigidas contra su raza honestamente se sintieron ser alemanes completos. Esos judíos han hecho su mejor esfuerzo para prestarle servicios al Estado como funcionarios, artistas, hombres de letras, científicos, y — por último, pero no menos importante — como soldados en la Gran Guerra.

Para entender por que Alemania ha procedido a una solución tan radical del problema judío por medio de métodos de tanta severidad, es necesario hacer una abstracción de los casos individuales, por más interesantes que sean intrínsecamente, y de tener en cuenta que ninguna medida legislativa, ni tampoco ninguna acción política profunda, puede ser concebida sin que esta no conlleve inevitablemente más o menos dificultades individuales. Es lo mismo que con las operaciones quirúrgicas, donde el cirujano, para extirpar los germenes de la enfermedad, debe también extirpar el tejido sano que rodea las partes enfermas. Solo de esta manera puede tener una esperanza de salvar el organismo enfermo.

Pero para comprender la actitud alemana hacia la cuestión judía es necesario ir aun más lejos — de recordar (como ha sido indicado) que la invasión incesante de los judíos en la vida pública entera de Alemania en el lapso de las últimas décadas finalmente resultó en una terrible catástrofe nacional. El fin desastroso de la Gran Guerra para Alemania, seguido como fue por un colapso económico y político completo, por el deterioro moral y cultural, por desempleo en una escala colosal con su consecuente empobrecimiento de todas las clases sociales a un grado ni soñado — en tiempos modernos — esta época de la más grande y cruel humillación para Alemania coincidió con el triunfo final de la emancipación judía, con el punto culminante de la ascendencia judía en Alemania, justo como el ya mencionado escritor en el Times había profetizado en 1910.

Ya hace más de una generación atrás, una de las mentes más sinceras y previsoras del judaísmo internacional, el fallecido líder sionista Theodore Herzl, describió esta interdependencia de crisis general y ascendencia judía en un pasaje de su Zionistische Schriften (vol. 1, pp. 238/9), que no es de ninguna manera aplicable solamente a Alemania, pero que tiene, por el contrario, validez universal. Allí Herzl caracterizó como sigue la parte concerniente a los judíos:-

“Entre ellos hay unas pocas personas que tienen en sus manos los hilos financieros que envuelven el mundo. Unas pocas personas que controlan absolutamente la formación de las más vitalmente importantes condiciones de vida de la vida de las naciones. Cada invención e innovación están para su único beneficio, mientras que cualquier desgracia incrementa su poder. ¿Y para qué usan este poder? ¿Le han puesto alguna vez al servicio de cualquier ideal moral — o, le han puesto alguna vez a la disposición de su propia gente, que está en grandes problemas? … Sin estas personas, ninguna guerra puede ser librada y ninguna paz puede ser lograda. El crédito de los Estados y las empresas individuales están ambos a la merced de su ambición rapaz. El inventor debe esperar humildemente en sus puertas, y en su arrogancia ellos dicen sentarse en el juicio de los requerimientos de sus compañeros.”

Nada podría ser mejor calculado para limpiar a Alemania del reproche de pecar contra las leyes de la humanidad, que una enumeración detallada de los hechos que prueban hasta a que grado enervante la mismísima Alemania experimentó la verdad de las palabras de Herzl — de los hechos que incontestablemente muestran que tremendamente amargas experiencias han forzado a Alemania a buscar una solución radical del problema judío, a lo que a ella respecta, por la eliminación despiadada de toda la influencia judía en la vida alemana.

Los capítulos siguientes buscan presentar un resumen de la importancia de la parte jugada por los judíos en el pico de la era de emancipación, hasta la llegada al poder del nacionalsocialismo.

1. Población y estructura social de los judíos alemanes

Es esencial, en primer lugar, obtener una imagen acertada de la significación numérica de los judíos alemanes en esos días, así como su distribución regional dentro del Reich y su estructura social.

El resultado del censo de 1925 — el último que se hizo antes de que el nacionalsocialismo llegara al poder — mostró que de una población total de 62.5 millones había 546,379 personas profesando la religión judía. En otras palabras, esto era menos que el 1 % de la población total.

Debe tomarse nota, sin embargo, que esta estadística solamente comprendía a esos judíos profesando la religión judía y no aquellos que eran judíos de sangre y raza pero que por una u otra razón había aceptado una fe cristiana. Ningún método existía para compilar estadísticas con respecto a esta última categoría. Todo lo que uno podía hacer era compilar una estadística para aquellos que eran judíos ortodoxos. Solo en tiempos recientes las autoridades en Alemania se han puesto a la tarea de averiguar que tan lejos la sangre judía había penetrado dentro de la raza alemana. Estas investigaciones aun no han concluido; ellas comprenden una gran cantidad de trabajo muy detallado. Así, todas las estadísticas que siguen son necesariamente aun basadas en los números para la religión judía ortodoxa.

A pesar de esto, tenemos a nuestra disposición algunos datos de investigación muy fiables provistos por los mismos judíos. Nos referimos al trabajo de Heinrich Silbergleit Die Bevölkerungsverhältnisse der Juden im Deutschen Reich — El problema de la población judía en el Reich alemán — (Berlín, 1931). Basando nuestras estadísticas en estos números, nos estamos poniendo nosotros mismos más allá de las críticas que nos sindican como prejuiciosos antisemitas.

Hemos mostrado que el porcentaje total de los judíos alemanes por confesión en 1925 era menor que el 1%, para ser exactos, del 0.90 %. Pero esto no significaba que la distribución regional dentro del Reich estaba en la misma escala. Mientras que los distritos puramente rurales de Mecklenburgo, Oldenburgo, Turingia o Anhalt poseían solo una población judía muy escasa (de 0.16 a 0.32 %), la mayoría de los judíos estaban muy concentrados en las grandes áreas urbanas, particularmente en Prusia, Hamburgo o Hessen (1.05 a 1.72 %). En Prusia, el más grande de los estados alemanes federales, el censo mostró que cerca del 73 % del número total de judíos estaban concentrados en las grandes ciudades con una población de más de 100.000 — donde la relación correspondiente para la población no judía llegaba apenas al 30 %.

Una comparación con los resultados de los varios censos desde 1871 muestra que el estatus de los judíos en los distritos rurales de Alemania ha disminuido consistentemente, mientras que todos los distritos urbanos han mostrado un crecimiento constante.

Esto se debe a una migración verificable y fenomenal de judíos alemanes dentro de los últimos 50 años hacia las áreas urbanas. La razón principal de esta migración debe hallarse en la creciente emancipación judía en aquellos días consecuente con una victoria alemana en la guerra Franco-Prusiana.

Uno de los objetivos principales de esta migración judía fue Berlín, la capital del Reich, donde el número de judíos se había triplicado entre 1871 y 1910, (de 36,000 a 90,000). En esta metrópolis, el centro de la actividad nacional, política y cultural, los judíos habían establecido sus cuarteles generales. Aquí fueron capaces de desarrollar sin cortapisas sus propias características raciales tan peculiares.

El censo de 1925 para Berlín mostró que habían 172,500 judíos o el 4.25 % de una población total de aproximadamente 4 millones. Este porcentaje es cuatro veces mayor que el porcentaje de judíos en la población alemana general. Berlín, la capital de Prusia, el mayor de los estados federales, por ende, poseía el 42% de los 400.000 judíos prusianos.

El veinticinco por ciento de estos 172.500 judíos berlineses eran extranjeros. Solo este hecho ilustra claramente la total falta de la afinidad judía por lazos nacionales y el sentimiento nacional. Casi un cuarto, o el 18,5% de los 400.000 judíos en Prusia poseía nacionalidad extranjera.

Para poder apreciar el verdadero significado de estos números, uno debe tener en cuenta que la judería en las grandes ciudades pudo obtener semejante significación numérica, a pesar del hecho de que estuvo sujeta a un número de factores restrictivos. Esos números solamente pudieron hacerse buenos por una inmigración constante desde el Este, particularmente durante y después de la Gran Guerra. Es esta migración oriental de judíos de clase baja, malvada y moralmente inescrupulosa que le ha dado al problema judío en Alemania su nota particular de rudeza.

Otro aspecto de la vida judía es la infertilidad relativa de los matrimonios judíos comparados con el resto de la población; aun más, la tendencia evidente y constantemente en crecimiento de contraer matrimonio con cristianos.

Las estadísticas con respecto a los matrimonios mixtos en Alemania revelan el hecho que, entre 1923 y 1932, dos judíos de cada tres se casaban con judías, — el tercero con una cristiana. Las estadísticas con respecto a las mujeres judías eran un poco menores. En 1926 hubieron 64 matrimonios mixtos por cada 100 matrimonios puramente judíos, en otras palabras, hubo dos matrimonios mixtos por cada tres matrimonios judíos. En el mismo periodo en toda Alemania hubo 50 matrimonios mixtos contra 100 matrimonios puramente judíos, esto es, dos matrimonios judíos por cada matrimonio mixto.

Es evidente que la distribución completamente unilateral de los judíos alemanes, su migración sistemática, y su concentración en las grandes áreas urbanas fue una mala y desastrosa política no solo para los judíos, sino también para la vida nacional de Alemania.

Pero la estructura de la vida profesional también sufrió con esta unilateralidad mórbida. Aquí las estadísticas muestra que la judería era un árbol sin raíces, sin ningún anclaje en la vida social. Esta composición social anormal fue responsable del hecho que los judíos exclusivamente prefirieran las profesiones comerciales y se apartaran de todas las que implicaran trabajo manual.

Estos hechos pueden ser verificados por los resultados de los registros de profesiones establecidos en los estados federales alemanes en 1925. En Prusia, Württemberg y Hessen, estos censos arrojaron los siguientes resultados con respecto al porcentaje de judíos empleados en los distintos grupos:

Profesión

Prusia

Würtemberg

Hessen

Venta y tráfico

58,8%

64,6%

69%

Industria

25,8%

24,6%

22%

Agricultura

1,7%

1,8%

4%

Se dice con frecuencia que la presión externa, política y social, así como los guetos y los boicots han empujado a los judíos fuera de las profesiones manuales y los han forzado a las esferas comerciales. Aquí, sin embargo, debemos responder diciendo que en los distritos rurales, particularmente en la antigua provincia de Posen y en Hessen-Nassau, los judíos tuvieron cada oportunidad de trabajar como granjeros o artesanos. Allí no había restricciones puestas contra ellos. Pero ellos preferían comerciar con ganado, maíz o fertilizantes, y especialmente con dinero, que les trajo grandes recompensas.

Felix A. Theilhaber, el conocido economista judío, reportando sus observaciones sobre las causas de la desintegración judía en la obra Der Untergang der deutschen Juden — La declinación y caída de la judería alemana — (Berlín, 1921), confirma el hecho que la llamada producción primitiva no se lleva con las características judías. Admite, primeramente, que los talentos raciales fuerzan a los judíos en las llamadas profesiones de negocios por que ellos pueden garantizar más fácilmente el éxito comercial y seguridad material. Theilhaber finalmente llega a la siguiente conclusión:

“La agricultura tiene poca atracción material para los judíos alemanes. … Los instintos raciales, tradiciones y las pre-condiciones económicas les llevan a elegir otras profesiones. Así, es natural que ciertos tipos dominen en la judería alemana, por ejemplo, sastres, agentes, abogados y doctores. Las características y peculiaridades judías son también evidentes en otras ramas (grandes tiendas, pieles, tabaco y hasta la prensa) Un rasgo particularmente judío es el deseo de individualismo, la necesidad de ser independiente y rico.

Entre las profesiones intelectuales nombradas por este autor judío, las de medicina y leyes son las más atractivas. Ellas eran las profesiones que ofrecían más ganancia material. La influencia judía en estas profesiones era entonces la más marcada y finalmente asumió un carácter dominante.

En 1932 habían aproximadamente 50.000 practicantes médicos alemanes de los cuales, 6,488, — el 13% — eran judíos. Es decir, un número diez veces mayor que la parte que les correspondería basándose en su proporción dentro de la población. Es notable mencionar en esta conexión que la mayoría de estos doctores judíos se clasificaban en especialistas en enfermedades venéreas.

En Berlín, la capital del Reich, el porcentaje de doctores judíos era aun mayor. Los números eran de un 42 % y de un 52 % de médicos de seguro. En los hospitales más grandes de Berlín el 45 % de todos los doctores eran judíos.

Un estado de situación anormal y desproporcionado también existía en las profesiones legales comparado con la proporción total de población. En 1933 habían 11.795 abogados en Prusia, de los cuales 3.350, o casi el 30% eran judíos; 2.051 o el 33% del total de 6.236 notarios públicos eran judíos. En Berlín el porcentaje era aun mayor — bordeando entre el 48 % y el 56 %.

Mayor consideración debe darse al hecho que la administración de justicia estaba mayormente en las manos de judíos ortodoxos. La posición era similar con respecto a las cátedras de varias universidades alemanes de primer nivel. La tabla de abajo muestra las estadísticas de tres de estas universidades en 1931. No solo las facultades de leyes y medicina son citadas, si no también las de filosofía para mostrar la anormal penetración judía en ellas:

Facultad

Berlín

Breslau

Frankfurt a. M.

Leyes

De 44 catedráticos, 15 judíos = 34 %

De 23 catedráticos, 6 judíos = 26 %

Catedráticos judíos 33 %

Medicina

De 265 catedráticos, 118 judíos = 43 %

De 101 catedráticos, 43 judíos = 43 %

Catedráticos judíos 28 %

Filosofía

De 268 catedráticos, 85 judíos = 31 %

De 107 catedráticos, 26 judíos = 25 %

Catedráticos judíos 32 %

Dos de las esferas más importantes de la vida pública, como la ley y la salud pública estaban en peligro de llegar a estar completamente bajo el control judío.

2. Los judíos en la vida económica de Alemania

La penetración judía en la vida económica alemana era aun más pronunciada. En estricto acuerdo con los objetivos referidos en el capítulo previo, la venta y comercio eran las esferas principales en donde los judíos centraron su atención. Su pico de actividad a este respecto, fue alcanzado, tómese nota, en el periodo inflacionario de 1919 a 1923. En ese periodo particular muy poco beneficio material hubo para cualquiera que estuviera implicado en un trabajo productivo y extenuante. Un instinto para la especulación y la viveza comercial fue el factor dominante en aquellos días. No es ningún misterio que entonces los negocios judíos crecieran como hongos de la noche a la mañana en ese periodo. Solo necesitamos recordar nombres judíos muy conocidos como Jakob Michael, Richard Kahn y Jacob Shapiro o de los problemas de corrupción asociados con los especuladores judíos austríacos, Siegfried Bosel y Castiglioni, dos nombres que se convirtieron en notorios más allá de las fronteras alemanas. A gran costo para el presupuesto nacional todos esos problemas colapsaron finalmente cuando la moneda alemana fue estabilizada.

En 1931, el Dr. Alfred Marcus, el estadístico judío previamente citado, cuidadosamente examinó la participación judía en ramas individuales del comercio alemán en su libro Die wirtschaftliche Krise des deutschen Juden, — La crisis económica de los judíos alemanes. — Sus investigaciones llegaron a estos resultados remarcables:

En 1930, 346 o 57.3 % del total de 603 firmas en la venta de metales estaban en manos judías; en chatarra había 514 firmas, de las cuales 211 o, el 41% eran judías; los mercaderes de grano eran 6.809, de los cuales 1.543 o el 22% eran judíos; los vendedores textiles al por mayor eran 9.984, de los cuales 3.938 o el 39,4 % eran judíos; en la rama de ropa femenina había un total de 81 firmas judías de un total de 133, o el 60.9 %. En las ramas de venta de libros y arte, ambas de la cuales poseen un valor extremadamente cultural, muchas de las firmas más importantes eran judías. Solo debemos mencionar a S. Fischer, Cassirer, Flechtheim, Ullstein y Springer.

Aun más importante son los negocios financieros o bancarios. Aquí cada negocio líder estaba en las manos de judíos. Algunas instancias individuales pueden ser mencionadas. Ambos directores del banco Deutsche Bank und Discontogesellschaft (1929) y cuatro de sus doce miembros directivos eran judíos. El presidente, dos vice-presidentes y tres de sus cinco miembros directivos del Darmstädter und Nationalbank eran judíos. El presidente, vice-presidente y tres de los siete miembros directivos del Dresdner Bank (1928) eran judíos. Finalmente, todos los tres dueños del Berliner Handelsgesellschaft eran también judíos.

Los grandes bancos privados también estaban casi todos en manos judías. Solo debemos recordar firmas como: Arnhold, Behrens, Warburg, Bleichröder, Mendelsohn, Goldschmidt, Rothschild, Dreyfuss, Bondi and Maron, Aufhäuser, Oppenheim, Levy, Speyer-Ellissen, Heimann, Stern.

Por medio de esos puestos clave en el mundo financiero la influencia judía penetró por medio de los gabinetes de directores a cada sección de la industria alemana. La Adress Buch der Direktoren und Aufsichtsräte — La Guía de los Directores de Compañía & Consejos de Administración — publicada en 1930, mucho antes de que los nacionalsocialistas asumieran el poder — prueba la alarmante influencia del capital judío o el capital controlado por judíos en la vida económica alemana.

Sobresaliendo entre los financistas judíos en este respecto estaba Jacob Goldschmidt, un miembro de los gabinetes de no menos que 115 compañías. Estaba seguido de cerca por Louis Hagen, un banquero judío, con 62 cargos. Tercero en la lista estaba un abogado cristiano, seguido sucesivamente por cuatro banqueros judíos que tenían juntos 166 posiciones en los gabinetes de varias compañías. Más abajo en esta lista los judíos continuaban teniendo un rol muy predominante.

Esta concentración de autoridad de compañías y negocios en la manos de un pequeño grupo de financistas judíos no era compatible con un desempeño consciente de los deberes de un director de compañía. Por el otro lado, ningún trabajo o esfuerzo era necesario para producir ganancias extraordinarias. Este fue uno de los factores más importantes que desacreditó los sistemas políticos y económicos de ese periodo, y también formó una de las causas que llevó al crecimiento del antisemitismo entre las masas de Alemania.

El dominio de la industria alemana por un sistema de consejos de administración judíos vino de la mano con la penetración directa de los judíos y el control subsecuente de la producción industrial. La naturaleza complicada de este vasto campo y su estructura compleja hace posible solamente dar unas pocas ilustraciones, que, sin embargo, no cubren toda la extensión de la expansión judía.

En la rama eléctrica, por ejemplo, debe mencionarse la AEG, — la Compañía Eléctrica General Alemana. Esta compañía fue establecida por el judío Emil Rathenau, y luego de la Gran Guerra, fue controlada por dos judíos. Todo el mercado de metales era controlado por el judío Merton, presidente del Banco de Metales de Frankfurt. La Compañía Osram, el negocio líder global, era controlado por Meinhardt, un judío. La Compañía de Caucho Continental en Hannover, la planta más grande de Alemania, y la Compañía Calmon de Caucho en Hamburgo fueron establecidas y controladas por judíos. Adler, Oppenheim, Salamander y Conrad Tack & Co., cuatro firmas judías, dominaban toda la industria de cuero. El mercado de hierro estaba controlado por el judío Ottmar Strauss, Hugo Herzfeld, otro judío, ejercía una influencia decisiva en la industria de potasa. En la industria minera, Paul Silverberg dominaba el lignito renano, o la industria del carbón marrón, mientras que dos correligionarios, los hermanos Petschek, tenían una función similar en el distrito central alemán de lignito.

La participación judía también era extraordinariamente grande en las organizaciones industriales y en órganos oficiales de la vida económica alemana. Esta influencia era particularmente pronunciada en las Cámaras de Comercio e Industria. Para dar un ejemplo, la Cámara berlinesa de Comercio e Industria, la más grande de su tipo en Alemania, tenía 98 miembros en 1931, de los cuales no menos de 50 eran judíos o medio judíos. Cuatrocientos de los 1.300 miembros adjuntos a la Cámara como asesores también eran judíos, mientras que 131 de los 209 jueces comerciales eran también judíos. La Cámara misma estaba presidida por un presidente y cinco vice-presidentes. El presidente y tres de sus suplentes eran judíos.

La posición era peor en las bolsas. No debemos ir más lejos que a la bolsa de Berlín, la más importante en Alemania, como ejemplo. Veinticinco de sus 36 miembros del comité de la Bolsa de Producción eran judíos y 10 de los 12 miembros de la Bolsa de Metales eran también judíos. El comité de la Bolsa estaba compuesta de 70 miembros de los cuales 45 eran judíos. La concurrencia en la Bolsa era también más o menos un monopolio judío. En 1930, por ejemplo, la concurrencia en la Bolsa de Bonos y Acciones era de 1.474, de los cuales aproximadamente 1.200 eran judíos. La Bolsa de Producción tenía una concurrencia de 578, de los cuales 520 eran judíos, y en la Bolsa de Metales de una concurrencia de 89, 80 eran judíos.

Es obvio que el Reichsbank, el banco oficial para la emisión de moneda en papel, no estaba en posición de resistir permanentemente este monopolio judío de los intereses económicos y de capital. El resultado fue que en el periodo entre 1925 y 1929, cuatro de los seis miembros del consejo de administración eran judíos o medio judíos. Todos los tres miembros del Consejo Central del Reichsbank y dos de sus suplentes eran judíos.

Es necesario suplementar el análisis cuantitativo antes mencionado de la participación judía en la vida económica alemana, con un análisis cualitativo en el cual los siguientes factores deben tenerse en mente:

Cuando se compilaron las estadísticas antes mencionadas con respecto a ciertas profesiones en varios estados alemanes desde 1925 se estableció que en Prusia, el estado más grande, de un total de aproximadamente 3 millones de empleados en las profesiones — ya sea independientemente o en puestos de liderazgo — aproximadamente 92,000 eran judíos ortodoxos. Esto significa que el 48% de todos los judíos profesionalmente empleados tenían cargos de responsabilidad, mientras que la razón correspondiente al resto de la población era solo del 16%.

Si comparamos esto con la parte judía en la rama manual no-independiente, entonces toda la estructura social anormal de la judería se revela a la luz: Mientras que Prusia en 1925 empleaba aproximadamente 8.5 millones de trabajadores ordinarios (46,9 % de la suma total de los empleados), los judíos eran solamente 16.000 (8,4 % del total de judíos empleados). El porcentaje de judíos (que en los altos cargos era tres veces más alta que el resto de la población) bajaba en los empleos manuales a un sexto del número para el resto de la población, y para todos los efectos prácticos había llegado a cero.

Este balance cualitativo suplementario deja perfectamente en claro que antes de la llegada del régimen nacionalsocialista la vida económica entera de Alemania había llegado a un estado alarmante donde estaba bajo dominio extranjero bajo los judíos y principalmente, bajo los judíos en posiciones de liderazgo.

No es sorprendente que este poderoso dominio de la vida económica alemana debiera expresarse en en salarios altos anormales para los miembros de la comunidad judía. Es difícil, por supuesto, dar números precisos a este respecto. Nos limitaremos a las estadísticas brindadas por el estadístico judío, Dr. Alfred Marcus, a quien ya se hizo referencia anteriormente. Marcus estima el salario promedio judío para 1930 3,2 veces mayor que para el resto de la población.

Resumiendo los detalles mencionados, debe enfatizarse una vez más que los judíos se concentraron exclusivamente en puestos comerciales y financieros y asumieron allí posiciones de liderazgo. La agricultura y el trabajo manual fueron dejados de lado. La concentración anormal de los judíos en las grandes ciudades, particularmente en Berlín, no debe ser olvidada.

No requiere mucha inteligencia para darse cuenta de que una estructura social y regional anormal debe llevar necesariamente a un estado de severa tensión. Esto habría pasado de todas maneras si los judíos se hubieran adaptado a los requerimientos del país que les daba asilo. Estas tensiones tenían que llegar a una explosión un día si, la judería cegada por el lustre de sus fortunas continuaba en no ejercer control en mostrar sus características raciales extrañas. Pero en ninguna parte los judíos estuvieron más descontrolados que durante la época de corrupción política y económica que Alemania experimentó después de la Gran Guerra.

3. Los judíos y la corrupción

No es exagerado decir que la vida pública en aquellos días estaba gobernada por una epidemia de corrupción. Esto de ninguna manera estaba confinado solo a Alemania. Europa y los EE.UU estaban similarmente afectados. Los judíos jugaban un rol principal en los escándalos de corrupción en todas partes. En Francia fueron Hanau, Oustric y Stavisky; en los Estados Unidos fue Insull, y en Austria, Bosel, Berliner y Castiglioni fueron las figuras principales.

Fundamentalmente no sorprende que esta plaga de corrupción se hiciera más aguda y generalizada en el periodo que siguió a la Gran Guerra. Por el otro lado, sin embargo, es típico del judío y de su carácter que él debe ser el generador y el principal beneficiario de este proceso de desintegración.

Es entendible que Alemania, como la perdedora de la guerra, se infectara con un grado particularmente agudo con el germen de la corrupción. Durante el periodo más problemático de juicio y tribulación — el resultado del tratado de Versalles — Alemania así conociera a la judería como los explotadores y beneficiarios de sus desgracias nacionales. Ningún otro país puede señalar una experiencia similar.

La lista de explotadores judíos que en esos años de crisis nacional inundaban la estructura tambaleante de la vida económica alemana y finalmente fueron responsables por su total ruina y colapso — abarca desde el promotor de una compañía y el especulador inflacionario a todos los tipos de soldados de fortuna y estafadores a gran escala. En ninguna otra economía nacional la naturaleza judía con su egoísmo, su falta de escrúpulos y su necesidad de ganancias rápidas se desarrolló tan inrestrictivamente como en Alemania durante ese periodo tan trágico y particular.

Incluso las compañías de guerra, que durante la Gran Guerra atendieron los requerimientos de materia prima, empezaron a estar más y más bajo la influencia judía. La empresa más grande de su tipo, la Zentral Einkaufsgesellschaft — la Compañía Central de Compras — por ejemplo, era controlada por un judío. La importante Kriegs Metall Company — la Compañía de Metales de Guerra — estaba a cargo de un cuerpo de 14 hombres de los cuales 12 eran judíos. Un escándalo público como resultado de los métodos de negocios de esta compañía fue evitado por la simple razón que el desarrollo político y militar de la guerra confrontaba a Alemania con otras tareas más urgentes.

La hora de corrupción más grande y triunfante de la judería vino con la llegada del fin de la Gran Guerra, la liquidación de los armamentos. Las fábricas y la venta de los mercados militares y equipo ofrecían oportunidades espléndidas para enormes márgenes de ganancia y los judíos no se privaron en explotar este estado de situación. El judío, Richard Kahn, para mencionar un ejemplo, hizo un contrato con la Deutsche Werke — la planta estatal más grande de armamentos — a través de la cual todo su stock le fue vendido a precio de chatarra. Kahn no fue el único judío que ganó enormemente con el resultado de la caída de Alemania. Felix Pinner, un autor judío, en su libro titulado: Deutsche Wirtschaftsführer — Lideres alemanes de la economía — (Berlín, 1924) ha caracterizado los innumerables especuladores judíos como sigue:

“Muchos de ellos . . . comenzaron sus negocios como proveedores del ejercito. En varios casos era difícil decir si su motivo principal era un deseo de vender suministros militares o una excusa para evadir el servicio militar. En muchos casos su gran oportunidad llegó cuando las tiendas militares y el equipo fueron finalmente vendidos. Otros, se establecieron nuevamente financieramente con la llegada del periodo inflacionario.”

Los negocios en moneda deflactada entre 1919 a 1923 trajo muchos grandes triunfos para los vendedores especulativos y corruptos. Los judíos en particular fueron prominentes en flotar grandes compañías como el resultado de transacciones oscuras en la bolsa. Estos negocios, que no estaban demasiados establecidos, pagaban grandes dividendos en las etapas tempranas antes de terminar colapsando. Los nombres más conocidos a este respecto son los judíos Jakob Michael, Richard Kahn y el judío oriental Ciprut y su hermano. Estos hermanos son mencionados por Pinner, el autor judío, en su libro que ya hemos citado. Dice: “Los hermanos Ciprut son de la raza que proviene de las llanuras del sudeste de Rumania o Persia; son soldados de fortuna atraídos por el olor nauseabundo de la moneda alemana.

Todos estos casos, sin embargo, no fueron los factores determinantes que convirtieron a la cuestión judía en Alemania en un problema candente para la nación entera. No. Tuvieron lugar en una época donde todas las fases de la ley económica, política y orden eran extremadamente laxas. A cierto grado pasaron inadvertidas en el estado caótico general de situación durante los primeros años de posguerra. Pero nada fue más calculado para abrir los ojos del público en Alemania y de avivar las llamas del antisemitismo que la gran ola de corrupción judía que había asumido un carácter tan criminal que un escándalo público le seguía a otro en rápida sucesión.

Nos referimos en particular a los cinco hermanos Sklarz, los tres Barmat, los tres Sklarek y los dos hermanos Rotter como también a los escándalos asociados con Michael Holzmann y Ludwig Katzenellenbogen. Todos estos judíos maestros en corrupción eran, con la excepción de Katzenellenbogen, orientales, ya sea judíos de Galicia o Polonia que habían emigrado a Alemania durante o después de la Gran Guerra.

El primero de los grandes casos de corrupción fue aquel en conexión con los cinco hermanos Sklarz. Con la ayuda de conexiones influyentes en el partido socialdemócrata lograron, después de la guerra, en obtener un monopolio de suministros a aquellas tropas que habían sido comisionadas con la tarea de restaurar la ley y el orden. Estos contratos llevaron a grandes ganancias en un espacio muy corto de tiempo. Estos hermanos incrementaron su riqueza considerablemente por medio de manipulaciones oscuras y por discretos sobornos a funcionarios del gobierno. Todo eso ayudó a estos inescrupulosos judíos materialmente cuando fueron a juicio. Muy poca luz se podía arrojar sobre su oscura conducta y luego de un juicio interminable, solo uno de los cinco hermanos fue condenado en 1926.

Estos cinco hermanos fueron asistidos hábilmente por Parvus-Helphand, uno de los más inescrupulosos canallas y estafadores producidos por la guerra. El utilizó los millones que ganó con los suministros de guerra para establecer buenas relaciones con los socialdemócratas en el poder en esa época. Como el principal orquestador quedó en el segundo plano de muchos escándalos de corrupción. Nadie se atrevía a proceder contra un hombre que había sobornado con éxito a tantos funcionarios de primer nivel.

Los tres hermanos Barmat eran artífices de corrupción en una escala más imponente. Su hogar estaba en Kiev y durante la guerra estuvieron involucrados en negocios en Holanda como vendedores de comida. Con la ayuda de Heilmann, el político judío, los cinco hermanos Sklarz y Parvus-Helphand estos tres hermanos Barmat recibieron el permiso de establecerse en Alemania. Por medio de la explotación despiadada de las debilidades humanas, pequeños y grandes favores que culminaban en sobornos directos, los hermanos pudieron ganar finalmente la confianza de amigos influyentes y miembros del gobierno. Con la ayuda de hojas de balance fraudulentas consiguieron un préstamo de 38 millones de marcos, parcialmente otorgado por el Banco Estatal Prusiano y parcialmente otorgado por el Ministerio de Postes y Telégrafos del Reich. Cuando finalmente este negocio inflado de los Barmat colapsó, sus deudas fueron estimadas en 70 millones de marcos de oro, y la mitad de esa suma tuvo que ser cubierta con los ahorros de inversores pequeños.

El proceso subsecuente contra los hermanos Barmat terminó en penas muy pequeñas de prisión. Herr Bauer, el Canciller socialdemócrata del Reich en ese momento, que había estado envuelto en el proceso fue forzado a renunciar.

Luego del colapso, Julius Barmat se fue al exterior nuevamente. En su nuevo ambiente aplicó con gran éxito los métodos que había adoptado en Alemania. Sobornando a políticos influyentes pudo obtener préstamos y finalmente defraudó al Banco Nacional Belga por 34 millones de francos oro. Evadió la ley cometiendo suicidio en 1937.

Los tres judíos, Iwan Baruch, Alexander Kutisker y Michael Holzmann fueron menos exitosos en sus esfuerzos que sus predecesores. Pero igual son dignos de mención. Ellos pusieron su atención al Banco Estatal Prusiano que Barmat había previamente defraudado. También tuvieron éxito en defraudar a esta institución por 14 millones de marcos-oro.

Sin embargo, el escándalo más grande por lejos lo dieron los tres hermanos Sklarek. El caso no tiene paralelos en la historia del crimen, política, negocios y sobornos. Las víctimas principales fueron las autoridades de la ciudad de Berlín.

Por un sistema astuto y minucioso de favores, regalos y sobornos de todo tipo estos tres judíos habían literalmente comprado la buena voluntad en varios centros cívicos en Berlín — donde los socialdemócratas y los comunistas estaban en el poder. De esta manera se aseguraron un monopolio absoluto de los suministros de ropa, ya sea a la policía, el departamento de tráfico, los centros de ayuda social o el departamento de obras públicas. Todos los oficiales municipales que podían llegar a ser útiles de cualquier manera a los Sklarek para obtener y asegurar su monopolio fueron sistemáticamente sobornados. Incluso el Oberbürgermeister, (el alcalde de Berlín), fue sobornado. De esta forma, fue posible obtener pagos del Stadtbank — el Banco Municipal de Berlín — por todas las facturas falsas con respecto a bienes jamás suministrados. Las sumas pagadas de esta forma llegaron a ser enormes. Cuando la firma de Sklarek finalmente entró en suspensión de pagos, el banco municipal había sido defraudado por 12.5 millones de marcos. Una investigación para descubrir el paradero de otros 10 millones de marcos no tuvo resultados.

Los procedimientos legales contra estos tres judíos comenzaron en 1932 y duraron nueve meses. De acuerdo con el sentimiento de la opinión pública las sentencias fueron más severas que en casos anteriores. Dos de los hermanos (uno se había muerto esperando la sentencia) fueron sentenciados a largas penas de prisión con trabajos forzados.

Debe también mencionarse al director general judío Katzenellenbogen. Era el presidente de la compañía Schultheiss-Patzenhofer, una de las industrias más grandes de Alemania con un capital accionario de 75 millones de marcos y un capital preferencial de 15 millones de marcos. Por medio de la especulación con vista a su propio enriquecimiento personal a costa de la compañía, Katzenellenbogen llevó a esta gran empresa al borde de la bancarrota. Los accionistas fueron defraudados por treinta millones de marcos. Katzenellenbogen usó parte de sus ganancias deshonestas para financiar a Erwin Piscator, el director de teatro bolchevique. Katzenellenbogen fue finalmente condenado por presentar hojas de balance falsas y por fraude a prisión.

El último caso en esta larga serie de escándalos de corrupción fue el que trataba sobre los hermanos Rotter. Estos dos especuladores judíos habían formado una fusión que comprendía siete de los teatros más grandes de Berlín. El trabajo de explotar estos teatros era considerablemente facilitado por la flotación de varias compañías cuyos asuntos eran puestos en las manos de un ignorante que actuaba como una mera figura decorativa (testaferros). En un solo año, 1932, estos aventureros habían logrado ganar no menos de 300.000 marcos limpios de todas estas empresas luego de que todas las expensas habían sido pagadas. Sus salarios mensuales, que se habían fijado a si mismo en 2.000 marcos no estaban incluidos en este cálculo. Ganaron unos 400.000 marcos más como resultado de un contrato fraudulento con respecto a dos empresas culturales. Mientras que los actores cristianos en estos teatros eran mal pagados, las “estrellas” judías por el otro lado recibían salarios fantásticos entre 1.000 y 2.500 marcos por noche. Los hermanos Rotter vivían una vida de lujo espléndido y el día llegó en 1932 cuando su empresa finalmente quebró con deudas que llegaban a los 3.5 millones de marcos. Los hermanos declinaron toda responsabilidad por la quiebra y se fueron a vivir a Liechtenstein, en donde habían tenido el cuidado de solicitar los papeles de naturalización.

Ya habíamos dicho que Austria también había tenido su parte de escándalos de corrupción judíos a gran escala. Además de Castiglioni y Bosel, mención debe hacerse de Berliner, el estafador judío a gran escala. Como director general de la gran Compañía de Seguros de Vida Phönix, él utilizó los fondos de la compañía para propósitos políticos. Berliner mantuvo excelentes relaciones con todos los partidos políticos y pagó un total de tres millones de chelines con respecto a las elecciones y la ocupación de ciertos puestos importantes. El influenció la prensa en su tiempo mediante pagos que llegaron a los 170 millones de chelines. Los gremios y la organización militar Heimwehr también fueron apoyadas con fondos fraudulentamente apropiados de su compañía. De esta manera, las deudas de la Compañía Phönix finalmente llegaron a la enorme suma de 670 millones de chelines. 330,000 clientes de la compañía, principalmente de la clase media, fueron las principales víctimas y tuvieron que pagar la deuda mediante aumento de tarifas y reducción de beneficios.

Esta lista de la corrupción judía de ninguna manera clama de estar completa. La atención ha sido llevada solo a esos casos que en Alemania y en todas partes habían atraído la atención pública por razón de su magnitud. Pero las instancias citadas bastan para negar el repetido argumento judío que los judíos no estaban más implicados en casos de corrupción que los cristianos. Aquí puede decirse que en el periodo mencionado solo dos grandes casos de corrupción protagonizados por cristianos habían tenido lugar. Estos son los casos del Banco Raiffeisen y el caso Lahusen. La participación judía en la corrupción no es solamente mayor en base a porcentaje — eso es cuando se compara a la población judía con respecto a la población general, — sino que además es completamente dominante en todos los respectos.

Un factor decisivo en juzgar la corrupción judía es que el castigo legal de este crimen fue invariablemente un proceso largo o ningún cargo fue levantado contra los criminales. Cuando una condena tuvo lugar fue invariablemente pequeña. La razón de esto debía encontrarse en las relaciones mutuas muy amigables existentes entre estos judíos y varios personajes influyentes en el gobierno y otros cuerpos públicos. Y de nuevo, los judíos siempre se podían hallar en altos e importantes cargos.

Ya hicimos referencia a esta interconexión de intereses. Hablamos de Heilmann, el miembro judío socialdemócrata del Reichstag que le abrió el camino a los Barmat. El secretario de Estado judío Abegg también había sido mencionado actuando de similar manera. Aun más ejemplos de corrupción judía se pueden hallar en el Servicio Civil Prusiano, donde debe mencionarse al Dr. Weissman, Secretario de Estado y Comisario del Estado para la Ley Pública y el Orden en Prusia. Aun más allá, el Dr. Weiss, comisario en jefe en Berlín. Ambos fueron oficialmente responsables de la ley y el orden en Prusia. El Dr. Weissman era clasificado como un alto funcionario en Prusia, el estado federal más grande.

El Dr. Weismann jugó una parte particularmente oscura en el proceso contra los hermanos Sklarz. Es característico de él su intento de sobornar a Herr Gutjahr, el fiscal del estado que llevaba el caso, con una suma de tres millones de marcos con vistas a que cambiara la acusación. Gutjahr se rehusó a ser sobornado y subsecuentemente Weismann fue el responsable de que este fiscal fuera oficialmente sancionado.

Weismann y el Dr. Weiss eran jugadores empedernidos en su vida privada. Incluso el periódico judío Die Weltbühne criticó a Weismann en 1920 como “uno de los jugadores más notorios de Berlín” Dr. Weiss — el comisario en jefe de la policía berlinesa fue frecuentemente sorprendido en 1932 en varios garitos ilegales de juego. Antes de que los nacionalsocialistas llegaran al poder la Corte de Apelaciones en Berlín había confirmado que había cometido una ofensa contra la ley y que “no poseía las cualidades morales necesarias para una posición de tamaña responsabilidad.”

4. Los judíos en la vida política alemana

En la Alemania Imperial los judíos no tenían ningún rol importante en la vida política del país, es decir, no tanto como para tener puestos de importancia. Pero este estado de cosas cambió radicalmente con el estallido de la revolución de 1918 y la introducción de una nueva constitución. No hay necesidad de examinar si esta nueva estructura estatal estaba alineada a las ideas políticas de la judería. Los hechos son, que, con el comienzo de noviembre de 1918, los judíos corrieron a capturar los puestos de relevancia en el Reich y en los estados federales.

Entre los seis“Representantes del Pueblo” —así se hacían llamar— que formaron el primer gobierno del Reich luego del colapso, habían dos judíos, Hugo Haase y Otto Landsberg. Kurt Eisner, otro judío, encabezaba la lista como el Ministro-Presidente en Bavaria; en Prusia el judío Paul Hirsch asumió una función similar. El primer gobierno del Reich establecido en 1919 con una base parlamentaria contenía cinco judíos. Muchos de los departamentos más importantes en los ministerios del Reich estaban controlados por judíos.

Para apreciar verdaderamente el significado de este hecho, uno debe tener en cuenta, que la usurpación judía del liderazgo político comenzó con una época de debilidad política que, en los asuntos exteriores llevó a una rendición completa y un servilismo vergonzoso; en la esfera doméstica a una desunión y quebranto completos. Incluso la derrota en la Gran Guerra — que naturalmente llevó a profundos cambios en la posición de Alemania en el exterior y en sus asuntos domésticos también — no es suficiente explicación ni excusa. La opinión extranjera, cuando habla de este periodo particular, está de acuerdo en que una actitud más digna hubiera sido útil para mejorar la posición alemana. Por el otro lado, las políticas serviles y derrotistas de los políticos judío-alemanes trajeron desprecio y solamente sirvieron para acentuar la vergüenza y miseria nacional alemana.

Estos políticos judíos no estaban satisfechos con el cambio que había tenido en la política alemana desde un régimen monárquico-constitucional a un régimen republicano-parlamentario. Esto es atestiguado por el autor judío, Rudolf Schay, en su libro Juden in der deutschen Politik (Los judíos en la política alemana) publicado en 1929. Dice:

“Entre los elementos que llevan a cabo la revolución, y que no aceptarán un orden libre, burgués y demócrata-republicano — sino que insisten en la satisfacción completa de todas las demandas sociales, — los judíos han jugado un rol determinante; por ejemplo: Rosa Luxemburgo, Eisner y Landauer… “

Esta satisfacción completa de todas las demandas socialistas no era nada más que el cumplimiento del Manifesto Comunista inspirado y dictado por el judío Karl Marx. Pero eso solo era posible si se abandonaban todas las ideas nacionales y los intereses de la nación alemana.

No es sorprendente, entonces, que los políticos judíos jugaran un rol determinante, incluso durante la Gran Guerra, en todos los movimientos que apuntaban a minar la fuerza política y militar de Alemania. ¿Cuál de los países aliados no habría tomado medidas inmediatas para castigar al autor de semejante articulo sedicioso como el que apareció el 20 de octubre de 1918, en el periódico socialdemócrata Vorwärts, escrito por su editor, el judío Friedrich Stampfer. Dijo:

“Alemania debe — esa es nuestra inflexible voluntad como socialistas — rendir su bandera para siempre, sin llevarla a casa victoriosamente, de una vez por todas.”

Este es el mismo tipo de derrotismo que ya al principio de la Gran Guerra había permeado las organizaciones pacifistas, todas de las cuales estaban bajo el control judío.

Una organización prominente era Neues Vaterland (La Patria Nueva), más tarde conocida como la “La Liga Alemana por los Derechos Humanos” Sus políticas estaban principalmente dictadas por los judíos Witting, Grelling, Bernstein, Magnus Hirschfeld, Heymann, Gumbel, Wulfsohn, etc. También la organización pacifista Organización Juvenil estaba liderada por judíos: Max Hodann, Jakob Feldner, el judío comunista Scholen y los hijos medio judíos de Karl Liebknecht.

No es nuestra intención criticar el pacifismo como tal. Incuestionablemente el pacifismo es una convicción política de gran importancia moral y valen la pena todos los esfuerzos para apoyarlo. Pero el pacifismo solamente es tolerable para la dirección política de un país — particularmente cuando todas las fuerzas nacionales de ese país están concentradas al máximo — siempre y cuando se mantenga dentro de los límites prescritos por los intereses políticos del país.

Pero son estos pacifistas mencionados más arriba que debe ser calificados como los principales responsables por el colapso del espíritu de resistencia de Alemania, por la alienación que tuvo lugar entre el pueblo y sus líderes políticos y por la división entre el ejercito en el frente y el pueblo en casa. Nadie fue más exitoso que los líderes pacifistas judíos en darle a los enemigos de Alemania material útil para su propaganda.

Prominente en esta tarea es el judío que ya mencionamos más arriba, el Dr. Richard Grelling — un nombre recordado aun sin duda en los países ex-aliados. Antes de la guerra emigró a Suiza y publicó allí sus dos libros: J’accuse y Das Verbrechen (El Crimen) en los cuales intentó probar la culpa de Alemania por el comienzo de las hostilidades. Este libro circuló mucho en los países Aliados y neutrales como un documento personal “autoritativo y convincente” de la culpa alemana de la guerra y todos los horrores asociados. En 1917, Karl Federn, correligionario de Grelling y también autor, replicó denunciando la conducta de Grelling como “deshonorable” y afirmó además que Grelling había fundamentado su caso “con mentiras y uso de documentos falsos y fraguados” Grelling jamás contestó a estas graves acusaciones que fueron repetidas constantemente en años posteriores. Al contrario, fue lo suficientemente cobarde para intentar negar la autoría de estos libros.

También debe mencionarse al periodista judío Hermann Fernau que condujo la propaganda contra Alemania desde Suiza en 1917/1918. Sus artículos le proporcionaron a los Aliados excelente material para la propaganda disruptiva en las trincheras del frente alemán.

Geheimrat Witting, un alto oficial alemán, hermano del autor judío Maximilian Harden, fue responsable por la distribución y publicación ilegal en forma de panfletos de un memorando privado llamado (“Mi misión en Londres”), propiedad del Conde Lichnowsky, el ex-embajador alemán en Londres. Este memorando contenía observaciones de un carácter puramente personal, pero su publicación ilegal fue tan desastrosa para la posición política de Alemania como los trabajos de Grelling.

Los judíos también tuvieron un parte prominente en la tarea de planear la revolución en Alemania que finalmente llevó al colapso de todo el frente occidental.

Fue el Dr. Oscar Cohn, el diputado socialdemócrata que en noviembre de 1918 aceptó la suma de cuatro millones de rublos-oro de M. Joffe, el embajador ruso-soviético en Berlín por aquellos días, y también un judío. Hugo Haase, un diputado judío del Reichstag, fue la mente maestra detrás de la revuelta de los marineros en Kiel, que fue la señal para la revolución general en Alemania. En la reunión nacional de protesta el 12 de mayo de 1919, cuando se decidió unánimemente votar contra firmar los términos del tratado de paz, fue el judío Haase, como líder de los Socialdemócratas Independientes, quien insistió en aceptar los términos. Debe añadirse también que en la Dieta Prusiana de ese periodo fue un judío, Kurt Rosenfeld, quien el 7 de mayo de 1919, en ocasión de una protesta similar demandó que esos términos fuesen aceptados.

Puede mencionarse también otros nombres destacados, como aliados a estos elementos destructivos y traicioneros a los intereses nacionales: Los judíos Georg Bernhard, editor del Vossische Zeitung, Friedrich Stampfer y Erich Kuttner, ambos en la plantilla del periódico socialdemócrata Vorwärts, Rudolf Hilferding, asociado a la prensa del Freiheit. Sus esfuerzos unidos fueron claramente responsables por el hecho de que Alemania se viera forzada a agachar la cabeza y rendirse al yugo de los tratados de paz. Aunque el desarrollo político probó más tarde que estos términos nunca podrían ser cumplidos, al colapso militar se le agregó también un colapso económico y político total.

No es posible concluir este capítulo de derrotismo judío sin mencionar lo siguiente: Es verdad también que hubo muchos alemanes no-judíos que durante y después de la guerra cometieron traición en líneas estrictamente judías. Pero el porcentaje judío en esta tarea deshonrosa no es solamente relativo, sino que además es muchísimo más alto. De hecho, es tan anormalmente alto, que la lista de los perpetradores no-judíos es casi insignificante.

Buscando una explicación de este curioso hecho, uno se encuentra con que la judería no tiene raíces, ya sea externamente o internamente; basándose en sus hábitos raciales y su pasado histórico no reconoce ninguna ligadura que pueda ser conectada de ninguna manera con el amor por una patria.

Aunque, al mismo tiempo, la actitud política de los judíos claramente muestra la flagrante ingratitud que han demostrado en Alemania. No hay ningún país donde los requerimientos de la emancipación judía hayan sido más justamente reconocidos que en Alemania; y no hay ningún otro país en el cual los judíos hayan podido llenar tantos puestos en los servicios públicos. Pero también, en ningún otro país del mundo en tiempos de severa crisis nacional los judíos han jugado un papel tan destructivo, mezquino y traidor como en Alemania.

Dos instancias instructivas y particulares que datan de la posguerra ilustrarán la falta judía de sentimiento nacional, y también demostrarán la manera reprochable en las cuales las susceptibilidades nacionales más profundas fueron heridas por los judíos.

El primer caso fue el escándalo en conexión con el profesor Theodor Lessing. Durante la campaña electoral por la presidencia del Reich en 1925, este judío, que había sido confiado con la tarea de educar a la juventud alemana, publicó un artículo en un periódico extranjero y antialemán — el Prague Tageblatt – oponiéndose al mariscal von Hindenburg como candidato a presidente. El artículo abundaba en ataques feroces y mendaces al mariscal, quien fue estigmatizado como “inhumano”, “simplón” y “un lobo feroz”. Lessing añadió que el mariscal sería un “Nerón” al mando.

Para entender completamente este ataque despiadado, uno debe recordar que el mariscal, luego de una carrera estresante, se había puesto nuevamente al servicio del país a la edad de setenta y siete. Esto fue durante una época en la que una Alemania desunida necesitaba desesperadamente un hombre que reuniera todas las fuerzas para un trabajo de reconstrucción nacional. Uno debe también recordar que Hindenburg, como comandante en jefe del ejercito alemán durante la guerra, se había convertido en una figura venerable y querida, la mismísima personificación de todos los logros gloriosos del ejercito en el frente. Este ataque despreciable tuvo el mismo efecto en Alemania como un ataque similar contra un Kitchener o Nelson tendría en Inglaterra, o el mariscal Foch en Francia o contra George Washington en Estados Unidos.

Una tormenta de indignación estalló en los círculos académicos a lo largo y ancho del país. El Prof. Lessing, sin embargo, no fue reprendido e incluso pudo continuar con sus ataques desvergonzados. Pero el resultado fue un natural fortalecimiento de las tendencias antisemitas de la nación entera.

El carácter de este judío Lessing se ve reflejado en sus “Memorias de Guerra”, publicado en 1929 en el mismo periódico de Praga. El dice claramente, pero también de manera estúpida y cínica lo siguiente:

“Fui afortunado en ser un escaqueado. A lo largo de cuatro años de guerra fui llamado al deber regularmente una vez por mes. La descalificación para el servicio se hizo cada vez más y más difícil. Seguí inventando excusas para mantenerme lejos del frente”. Ese era el hombre que se atrevía a insultar a Hindenburg, el soldado, y hacerlo aparecer ridículo.

El “Caso Gumbel,” hablando lisa y llanamente, es similar al escándalo Lessing. Emil Gumbel, un judío, también era un profesor universitario; el pertenecía al bando de los pacifistas, traidores y derrotistas previamente citados. El también estaba conectado con la Tercer Internacional y con Moscú. En una serie de panfletos hizo declaraciones sediciosas que lo llevaron a estar en conflicto con la ley a pesar de que la actitud simpática del gobierno estaba a su favor. Gumbel también participó en la publicación de un documento titulado “Los armamentos secretos de Alemania” en el cual el intentaba exponer las supuestas violaciones de los puntos del desarme del tratado de Versalles. Este documento fue entregado a los gobiernos francés, inglés y polaco por la liga pacifista controlada por los judíos “Liga por los Derechos Humanos”. Es obvio que este documento trajo una difícil situación exterior para Alemania. En los discursos que Gumbel hizo en 1924 en varias universidades francesas, incluso fue tan lejos como para admitir la verdad de la falsa acusación de la culpa alemana por la guerra.

Así, no causa sorpresa que este hombre (que jamás había visto el frente) era incapaz de sentir una chispa de sentimientos humanos por el sacrificio heroico de los soldados alemanes en la guerra. El fue quien declaró en un mitín en 1924 que los soldados alemanes muertos habían “muerto en el campo del deshonor”.

A pesar de estos insultos y dichos infames al pueblo alemán, que causaron indignación generalizada, Gumbel pudo mantener su posición como profesor hasta 1933. Amigos influyentes judíos como Georg Bernhard y Albert Einstein fueron sus protectores. Fue incluso capaz de continuar con sus insultos, y en un mitín posterior en Heideberg declaró: “El Memorial de Guerra a los Soldados Alemanes no es nada más para mi que un gran nabo”.

¿Podía ser posible — uno debe hacerse esta pregunta en vista de esta canallada — para un profesor universitario inglés insultar la tumba del Soldado Desconocido de similar manera? ¿No habría una tormenta de indignación nacional que barriera con los canallas judíos del tipo de Gumbel y Lessing? El nacionalsocialismo en Alemania lo logró cuando limpió a sus Gumbels y Lessings, a sus Grellings y Bernhards y toda la claqué de derrotistas y traidores. Mediante la legislación, semejante trabajo destructivo se hizo imposible para siempre.

En el caso de Gumbel uno podía discernir la conexión que existía entre la gente de su clase y el marxismo. Las opiniones pueden variar con respecto al marxismo y sus campeones parlamentarios, pero cuando uno estudia de cerca este tema no puede negar el hecho que el marxismo y el judaísmo son aliados.

Es un hecho conocido que el padre del marxismo, Karl Marx, era miembro de una familia de rabinos. Los desarrollos lógicos siguientes prueban que este hecho no fue un mero accidente. Otro judío, Ferdinand Lassalle, estaba cerca de Marx en la vanguardia de este nuevo movimiento socialista de trabajadores. Lasalle era el hijo de un mercader judío de seda en Breslau. Ambos miraron al judío Moses Hess como su padre espiritual, mencionado como el padre “del socialismo moderno” y el “rabino comunista” por el “Diccionario Judío” — el trabajo estándar de referencia para todos los judíos alemanes. Todo el pensamiento judío desde aquellos días se ha sentido siempre atraído hacia este socialismo marxista, y el atavío de líderes judíos en el movimiento marxista de los trabajadores se mantenido hasta ahora.

Las opiniones pueden diferir en otros países, pero la actitud de Alemania frente a este problema está guiada por la relación profunda existente entre el marxismo y el judaísmo. Los dos son inseparables ya sea donde ocurran. Los periodos de guerra y posguerra han probado definitivamente los efectos desastrosos del marxismo judío como un factor político.

Al comienzo de este siglo, dos judíos en sucesión fueron presidentes del partido socialdemócrata en Alemania: Paul Singer y Hugo Haase. Después de eso los judíos ganaron más y más influencia en todas las secciones del movimiento marxista, su trabajo parlamentario, periodístico y literario. La consolidación de la teoría y ciencia marxistas fue un monopolio judío. Teóricos judíos sobresalientes fueron Eduard Bernstein, Rudolf Hilferding, Adolf Braun, Jacob Stern y Simon Katzenstein. El órgano central intelectual del marxismo internacional fue la publicación llamada Neue Zeit (La Nueva Era), publicado en Berlín, que había comenzado su carrera en 1883 con una docena de contribuyentes judíos. En 1905 este número se había incrementado a cuarenta, y en 1914, no menos de cien judíos de todas partes del mundo contribuían artículos a esta publicación. La posición era similar en otras publicaciones literarias e intelectuales del marxismo alemán.

La prensa marxista diaria estaba casi completamente en las manos de los judíos. El Vorwärts — el órgano principal del partido socialdemócrata, fue fundado por Singer, un judío. En 1929, de acuerdo con una declaración hecha por su editor en jefe, Friedrich Stampfer, toda la redacción, salvo por una excepción, estaba compuesta por judíos. Cuando luego el Estrella Roja (Rote Fahne) publicó su porcentaje de judíos, los números fueron similares. Sus editores eran la judía Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht quien, a pesar de ser un cristiano, se había casado dos veces con judías. Otra publicación predominantemente controlado por los judíos era el Freiheit (Libertad) — con una política extremadamente marxista controlada por Rudolf Hilferding y Paul Hertz, ambos judíos. Los servicios de prensa socialdemócratas y los extranjeros eran esencialmente dominados por los periodistas judíos.

El porcentaje de los diputados judíos del Reichstag llegaba al 22% en 1924 mientras que el porcentaje de diputados judíos comunistas era del 15% en el mismo año. Aquí vale recordar de nuevo que los judíos apenas llegaban al 1% de la población.

Esta es la lista de los judíos elegidos para conformar el Reichstag en 1924, como miembros del partido socialdemócrata:

Aufhäuser, Dr. Adolf Braun, Bernstein, Eggerstedt, Frölich, Heimann, Dr. Hertz, Dr. Hilferding, Hoch, Jacobshagen, Kirschmann, Landsberg, Dr. Levi, Dr. Löwenstein, Ludwig, Stefan Meier, Dr. Moses, Dr. Rosenfeld, Frau Schiffgens, Frau Toni Sender, Stampfer, Frau Wurm.

En el mismo año, el partido comunista declaró a los siguientes judíos como miembros:

Frau Arendsee, Frau Gohlke (conocida como Ruth Fischer), Hoernle, Katz, Koenen, Münzenberg, Rosenbaum, Dr. Rosenberg. Scholem.

En 1932, la judería en los partidos marxistas estaba representada en el Reichstag por los siguientes miembros judíos:

En la sección socialdemócrata, — Aufhäuser, Dr. Adolf Braun, Eggerstedt, Frölich, Heilmann, Heimann, Heinig, Dr. Hertz, Dr. Hilferding, Kirschmann, Landsberg, Dr. Löwenstein, Dr. Marum, Stefan Meier, Reuter, Schneppenhorst, Frau Schreiber-Krieger, Frau Toni Sender, Friedrich Stampfer, Frau Wurm.

En la sección comunista, — Gräf, Hoernle, Frau Kessel, Kippenberger, Münzenberg, Frau Sandtner.

Era entonces natural que este influjo de judíos en el Reichstag debía tener su efecto en el gobierno del Reich y en los estados federales. Prusia particularmente era su coto de caza y se podían hallar en los altos puestos de prácticamente cada ministerio. Ningún paso importante podía darse sin toparse con un judío como autoridad.

Cuando se toma toda esta poderosa influencia judía en todas las organizaciones y partidos marxistas en cuenta, no es sorprendente que las políticas de los socialdemócratas eran formadas e influenciadas enteramente por sus líderes judíos. Así, también vemos el mismo espíritu de derrotismo y traición a los cuales ya nos hemos referido anteriormente.

Se comenzó casi inmediatamente el 4 de agosto de 1914, cuando el judío Hugo Haase lideró a 14 diputados socialdemócratas en el Reichstag en un intento de detener los créditos de guerra del gobierno. Dos años más tarde 18 diputados socialdemócratas finalmente votaron contra la misma medida gubernamental. Además de este judío Haase, sus números habían aumentado con cinco judíos más. La judía Rosa Luxemburgo lideró la campaña de minar el poder de resistencia alemán. El primer éxito de este proceso pusilánime de destrucción se hizo evidente en agosto de 1914, cuando una declaración pública en contra de la política de defensa interna del gobierno fue publicada por un periódico socialdemócrata de Hamburgo. Esta declaración fue firmada por tres judíos.

Luego del colapso de noviembre de 1918, casi todos los líderes radicales con tendencias bolcheviques eran judíos. Ellos tomaron una parte prominente y desastrosa para Alemania en las negociaciones de paz, a las que ya se hizo referencia anteriormente.

En el comunismo, que es la forma extrema del marxismo, el dominio judío se hizo particularmente marcado. Sus líderes y propagandistas fueron casi exclusivamente judíos. La “Liga Espartaquista”, fundada en 1918 como precursora del partido comunista, estaba a cargo de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Esta liga fue modelada bajo verdaderas líneas de pensamiento soviéticas y llamaba al proletariado a armarse en esos días de terror que prosiguieron al colapso de la nación. El agente moscovita de la liga era el judío Leo Jogiches (antes conocido como Tyschko). Ya se ha hecho mención del hecho que Oscar Cohn, el judío socialista radical, recibió la suma de 10 millones de rublos-oro de Joffe, el embajador judío por la Unión Soviética en Berlín en noviembre de 1918.

Luego de la preparación sistemática hecha por estos judíos rusos y alemanes, horrores y caos indescriptibles fueron finalmente liberados para que se enseñorearan de la nación alemana, culminando finalmente en Munich. Aquí de nuevo fue un judío, Kurt Eisner, escritor, el que jugó el papel de líder y organizador. En 1917, cuando Alemania aun estaba peleando por su existencia, ya había agitado a las masas con huelgas y revolución. Eisner fundó un Consejo de Trabajadores en Munich que era estrictamente bolchevique; su “Tribunal Revolucionario” estaba compuesto casi enteramente por judíos — cinco de ellos en número. Solo aquellos que han experimentado ese periodo de matanzas y terror judío, el asesinato de rehenes, robos e incendios, se pueden dar cuenta de por qué Munich fue el lugar de nacimiento del nacionalsocialismo, desde donde el movimiento se difundió a otras partes de Alemania, y finalmente puso un fin al dominio judío.

Los intereses aliados del judaísmo y el comunismo no fueron afectados de ninguna manera cuando los primeros intentos comunistas revolucionarios fueron sofocados. El llamado bolchevismo cultural de los marxistas extremos, patrocinado principalmente por judíos, se unió a estas fuerzas que eran incansables en sus esfuerzos para derribar el imperio de la ley y el orden con el objetivo de bolchevizar Alemania.

Es necesario citar solo algunos ejemplos del trabajo que se hacía en esta esfera extensiva de división y corrupción moral. Durante las negociaciones con respecto a una reforma del Código Criminal Alemán, el judío radical Kurt Rosenfeld declaró que se oponía al castigo del crimen de alta traición, como también por las ofensas de sodomía y homosexualidad.

Los judíos también eran predominantes en cuestiones relacionadas con la educación de los niños bajo los principios bolcheviques. Pedagogos judíos, directores judíos de escuelas estatales, escuelas experimentales y “Repúblicas Juveniles” modeladas en los preceptos soviéticos. La autoridad estaba completamente desaparecida en esas instituciones, los sexos eran educados de una forma inmoral y los problemas sexuales eran parte integral de la currícula escolar. A este respecto mucha publicidad se le daba a Kurt Lowenstein como el director judío de las escuelas de Berlín y su colega, Fritz Karsen-Krakauer, otro judío.

Para completar la sórdida imagen de los intereses interconectados de la judería y el bolchevismo que habían hecho que Alemania llegara al borde del comunismo un poco antes que el nacionalsocialismo llegara al poder, debe decirse que los judíos estuvieron en puestos clave hasta el último minuto.

Hans Kippenberger es el primero en la lista. El era el cabecilla de las ramas de terrorismo y espionaje del partido comunista alemán. Heinz Neumann, hijo de un rico comerciante de Berlín, también era una figura sobresaliente. El fue quien dijo la famosa frase “Mata a los fascistas donde los encuentres”, que en 1932 llevó a una serie de asesinatos de miembros del partido nacionalsocialista. El también fue responsable del levantamiento comunista en Canton en 1927, y por este hecho fue llamado por los medios de prensa mundiales “El carnicero de Canton”.

5. Los judíos en la prensa alemana

Los judíos siempre han tenido una aptitud especial hacia el periodismo y la organización del trabajo de prensa. Así mismo, jugaron un papel predominante en el establecimiento de los periódicos alemanes. Ninguna otra profesión les ha dado tanto poder como su influencia en la prensa. Sin embargo, muy pronto probaron que tenían poco, o ningún interés por el sentido de obligación moral que es el deber de aquellos que son responsables por influenciar la opinión pública. Por el contrario, sus intereses siempre estuvieron centrados en las abundantes posibilidades de ganancias materiales.

Si uno examina la prensa alemana controlada por los judíos de las últimas décadas, uno se da cuenta que solamente ha servido por razones puramente materiales la sed de las masas del sensacionalismo, la vanidad y los más bajos instintos. La circulación aumentó en proporción directa con el desprecio de los periódicos de la moral, la ley y el orden.

Las dos empresas periodísticas más grandes de Alemania estaban antes de 1933 en manos judías: Ullstein y Mosse. Ambas firmas fueron fundadas por judíos y sus directorios y plantillas editoriales estaban compuestos casi enteramente por judíos.

Ullstein. Editores & Impresores:

La circulación de la empresa periodística más grande promediaba una tirada diaria de 4 millones de ejemplares. Publicaba cinco periódicos, varios semanarios y revistas de todo tipo. La Agencia de Noticias. Además, Ullstein influenciaba a gran número de periódicos provinciales. En añadidura, Ullstein también poseía una extensa rama editorial.

Todas las acciones de esta gran empresa las tenían los cinco hermanos judíos Ullstein. El directorio estaba compuesto por los hermanos, otros tres judíos y tan solo dos cristianos.

El periódico más grande que imprimía esta empresa era el Berliner Morgenpost que tenía la circulación más grande que cualquier otro periódico (más de 600.000 ejemplares diarios). Además de un editor judío esta publicación tenía en 1927 a otros diez judíos como miembros del cuerpo editorial. El cuerpo editorial del Vossische Zeitung — un órgano político extremadamente influyente — estaba a cargo del judío Georg Bernhard y catorce sub-editores judíos. Bernhard en esa época estaba determinado a hacerse un nombre en la política. La posición con respecto a los periódicos restantes de la editorial Ullstein era practicámente la misma.

Mosse. Editores & Impresores:

Esta firma era, con respecto a su tamaño, no tan importante como la firma Ullstein. Su tirada diaria era de 350.000 ejemplares. Fue fundada como una empresa familiar por el judío oriental Rudolf Mosse, (anteriormente llamado Moses), y la influencia de esta empresa, si bien no era tanta como la que tenía Ullstein, también era muy grande. La publicación principal de esta firma era el Berliner Tageblatt, periódico fundado mucho antes de 1933. A este periódico durante muchos años se lo consideró representativo de la opinión pública alemana en el exterior.

El editor de este periódico era el judío Theodor Wolff, que también tenía un rol muy importante en la política. Además de él, las posiciones más importantes de la plantilla editorial estaban ocupadas por otros diecisiete judíos. En cinco capitales importantes fuera del Reich el Berliner Tageblatt era manejado por judíos.

Otro periódico editado por esta empresa era el Acht-Uhr­Abendblatt, otra publicación influyente políticamente en la cual los judíos también predominaban con un editor en jefe y ocho correligionarios como sub-editores.

Era natural que el resto de la prensa alemana solamente pudiera jugar un papel insignificante cuando se comparaba con el poder de estas enormes empresas. Ni la prensa provincial, con su disparidad económica, ni la casa editorial de August Scherl — la única empresa editorial cristiana de significado en la capital — eran capaces de ejercer la influencia suficiente para competir seriamente al poder unido de estas grandes empresas judías.

Que la prensa del partido marxista estaba completamente dirigida e influenciada por los judíos ya se ha dicho más arriba. Además, los departamentos de prensa oficiales del gobierno — particularmente en Prusia — también estaba a cargo de los judíos. Los tres departamentos de prensa más importantes en Prusia, el más grande de los estados federales estaban en 1930 a cargo de cuatro judíos.

Era solamente una cuestión de tiempo que las organizaciones profesionales y económicas de los periodistas alemanes cayeran completamente bajo la influencia judía. La más grande de estas organizaciones, la Reichsverband der deutschen Presse — la Asociación de Prensa Alemana — fue dirigida por muchos años hasta 1933 por el editor en jefe judío del Vossische Zeitung, Georg Bernhard. En la Verein Berliner Presse — el Sindicato de Prensa de Berlín — que era la mutual líder para todos los periodistas en la capital, el derecho de nominar y elegir miembros había estado desde 1888 en manos de un comité puramente judío. Finalmente, la organización oficial de los periodistas “freelance” alemanes, la Schutzverband Deutscher Schriftsteller estaba controlada por un directorio que, en 1928 y 1929 estaba compuesto por un 90% de judíos. Su presidente era el publicista judío Arnold Zweig, autor de la novela de guerra, Streit um den Sergeanten Grischa, en la cual él vilmente insulta el honor nacional del pueblo alemán.

De esta manera, es necesario examinar el trabajo y la posición de estos judíos que por muchos años fueron tenidos como los más auténticos apóstoles del periodismo alemán, ya sea en Alemania o en el exterior. Nos referimos en particular a Georg Bernhard, Theodor Wolff y Maximilian Harden. Todos ellos eran judíos. Todos eran periodistas de gran habilidad técnica, hombres que con su manejo maestro de la palabra escrita, eran capaces de convertir a la gente a las ideas que ellos representaban. Pero detrás del exterior ganador, estaba el mismo espíritu peligroso de la negación de todos los valores tradicionales, la crítica por la crítica misma, el espíritu de la destrucción, desintegración y de la inestabilidad que hemos reconocido como las características principales de la judería en todas las esferas.

Es excepcionalmente significativo que la verdadera profesión de Georg Bernhard era la de banquero y corredor de bolsa. El fue miembro del partido socialdemócrata hasta un tiempo antes del inicio de la guerra, y su vida entera muestra una notable vacilación entre dos cosas tan contradictorias como el periodismo de bolsa y las actividades marxistas. En 1913, fue nombrado editor en jefe del periódico de la editorial Ullstein Vossische Zeitung. En esta posición, en dos horas del destino de Alemania en la historia de posguerra, él jugó una parte calamitosa:

En las semanas críticas anteriores a la firma del Tratado de Versalles, cuando el pueblo alemán y sus líderes rechazaban unánimemente las condiciones duras e intolerables de paz, él hizo causa común con los relativamente pocos hombres de influencia pública que mediante la palabra oral y escrita, suprimieron despiadadamente cada chispa del espíritu de resistencia nacional, de esa manera destruyendo todas las esperanzas de asegurar condiciones más tolerables. Solo se requiere mirar los viejos ejemplares del Vossische Zeitung de aquellos meses para darse cuenta como Bernhard se dedicó sistemáticamente a esta tarea. Incluso el punto más humillante de este tratado — la cláusula de la “culpabilidad de la guerra”, lo intentó representar como una simple bagatela. Así escribió — para dar tan solo un ejemplo — el 18 de junio de 1919:

“El lector alemán del tratado se podrá reconciliar más fácilmente con aquellas partes que tratan del origen histórico de la guerra y con eso la culpabilidad de esta… si considera que no puede tomar el castigo concerniente al párrafo sobre dicha culpabilidad de manera trágica.”

Con estas palabras Bernhard atacaba al gobierno alemán desde atrás mientras que el gobierno estaba librando una lucha dramática con respecto a estos puntos de honor, en particular respecto a la cláusula relacionada con la culpabilidad de la guerra y la liberación de los soldados alemanes. Se entenderá fuera de Alemania que no podemos olvidar semejante traición de los intereses nacionales, semejante falta de orgullo nacional y sentimiento de honor como lo ha mostrado este judío Bernhard.

En el segundo caso, encontramos a Bernhard cometiendo un crimen de alta traición. Durante la ocupación de Renania, surgió un movimiento en la zona ocupada apoyado y financiado por razones políticas con dinero extranjero, que buscaba prevenir para siempre el retorno de la Renania ocupada al Reich, y también su independencia completa. Georg Bernhard con su Vossische Zeitung se contactó con estos separatistas renanos. Los separatistas renanos recibieron de él asesoramiento político y apoyo financiero. En 1930, uno de los dueños de Ullstein, el doctor judío Franz Ullstein publicó este hecho en su periódico Tagebuch. Declaró que el agente de Georg Bernhard en Paris, el judío Dr. Leo Stahl, había pagado una suma de dinero a Matthes, el líder de los separatistas, y que el mismo Bernhard se había asociado y tenido correspondencia con Matthes.

Este escándalo político forzó eventualmente a Bernhard a retirarse del periodismo político. Se convirtió –y esto es también característico– en el presidente de una cadena de grandes almacenes. Desde 1933 ha estado ocupado publicando desde el exterior un periódico anti-alemán.

Theodor Wolff, el editor del Berliner Tageblatt se comportó de una manera diferente pero igualmente reprochable. Aparentemente un monárquico convencido durante la guerra, luego del cambio de constitución en Alemania, no hubo nadie que atacara y difamara a los Hohenzollern de una manera tan vil como Wolff.

Incluso si pudiéramos perdonarle semejante oportunismo, es imperdonable su comportamiento cuando la difusión imparable de indecencia e inmoralidad forzó al gobierno en 1926 a tomar medidas constitucionales para la supresión de literatura sucia y degradante. La intención era, después de todo, proteger a la juventud de influencias indecentes. Theodor Wolff se opuso abiertamente a esta medida. El condenó la nueva ley, y como protesta, renunció al partido democrático que había ayudado a fundar porque el partido apoyó esta medida.

Para entender la frívola irresponsabilidad de este publicista judío, uno debe saber que tan lejos había llegado la inundación de material indecente y pornográfico a las librerías alemanas. Hablaremos más sobre este punto más tarde.

Aun más influyente que Georg Bernhard y Theodor Wolff, fue Maximilian Harden, la pluma más afilada que Alemania tuvo por una generación. Era hermano de Witting, el ya mencionado derrotista judío.

Con su periódico, Die Zukunft — El Futuro — se involucró en la alta política por más de veinte años. Ningún hombre ha mostrado tanta fluctuación en carácter y principios como él.

Empezó estableciéndose como un juez de la moral en la Alemania Imperial, y le dio un golpe fatal a la reputación del sistema monárquico con sus escándalos de la corte de los Hohenzollern. Durante la Gran Guerra fue realmente el único “anexionista” en Alemania, demandando como premio a la victoria a Bélgica, la costa francesa opuesta a Inglaterra y la Cuenca del Congo. (Vide Zukunft del 17 de octubre de 1914). En 1916, cuando la suerte empezó a apartarse de Alemania, Harden también retrocedió. Atacó la política de guerra alemana y se convirtió en un admirador entusiasta del presidente Wilson. En 1919, finalmente condujo una campaña cobarde contra la resistencia nacional a los términos tiránicos del tratado de paz, llamando a esta resistencia “histeria artificialmente forzada y miserable falsedad”.

Las fuerzas influyentes de semejante comportamiento sin carácter fueron la vanidad y la ambición egoísta. Harden es descrito por el renombrado historiador, Friedrich Thimme como “El Judas del pueblo alemán.”

6. Los judíos en el arte y la literatura alemana

Muchos años antes del régimen nacionalsocialista, incluso antes de la guerra y antes del periodo en el que la emancipación judía alcanzara su clímax, observadores ansiosos habían señalado que la vida cultural en Alemania difícilmente merecía el epíteto de “alemana” más de lo que se había convertido en una esfera netamente judía de actividad. La crisis en la vida cultural alemana jamás había sido tan bien descrita y discutida como en el artículo escrito por el ensayista judío Moritz Goldstein, publicado en 1912 en el Kunstwart (número de marzo de 1912), una revista de arte alemán muy prestigiosa.

Goldstein muestra como los judíos, al principio de su emancipación, generalmente invadieron todas las ramas de la vida cultural alemana y, siendo estudiantes alertas, empezaron a suplantar a sus maestros. Goldstein da la siguiente sinopsis de las consecuencias resultantes de esta invasión:

“Los judíos llenaron todas aquellas posiciones que no estaban restringidas para ellos por la fuerza, y han convertido a los objetivos alemanes en los suyos y luchan por ellos de manera correspondiente. Pareciera que la vida cultural alemana hubiese sido completamente transferida a manos judías. Esto no fue ni anticipado ni deseado por los cristianos de aquel entonces que le habían dado al paria judío un lugar en la vida cultural europea. Los cristianos empezaron a tomar medidas defensivas, volvieron a llamarnos extranjeros y nos empezaron a reconocer como una amenaza a su Templo del Arte. Consecuentemente nos enfrentamos a este problema: Los judíos guiamos y administramos la propiedad intelectual de una nación que nos niega las cualificaciones y la competencia para hacerlo.”

Goldstein describe a la administración y control judío del arte y cultura alemán como “un hecho prodigioso”. Un examen retrospectivo de la vida intelectual alemana de antes de 1933 corroborará el testimonio de Goldstein. En todas las esferas, ya sea del teatro, la literatura, música, o de las artes plásticas, ya sea en las películas o, más recientemente, en la radio, los judíos siempre ocuparon las posiciones de importancia, instando a todos a seguir su guía intelectual.

Tomemos al teatro, por ejemplo, — los escenarios de Berlín —, los cuales, siendo los más modernos, son siempre naturalmente imitados por los teatros de todas las provincias, estaban todos bajo la administración judía. La elección de las obras era hecha de acuerdo a un criterio enteramente judío y el resultado fue que los autores judíos predominaban.

En el dominio de la literatura, los libros más vendidos eran siempre las obras de editoriales o autores judíos. Los lectores extranjeros que tenían un interés por la literatura alemana en aquellos días, aun recordarán nombres como los de Emil Ludwig, Jakob Wassermann, Arnold Zweig, Lion Feuchtwanger y muchos más. La venta de sus libros sobrepasaba a la de otros autores alemanes por mucho. La estadísticas han mostrado que la mitad de toda la literatura alemana que circula en el exterior durante los últimos diez años es el producto de autores judíos.

La vida musical era similarmente dominada por la influencia judía. En la gran mayoría de los casos, las posiciones importantes de directores de orquesta en Berlín y en las provincias estaban ocupadas por judíos. La influencia intelectual resultante de esta tendencia era decisiva para la elección de las obras que aparecían en los programas de opera y conciertos. La participación de los compositores judíos creció en proporciones enormes. — Gustav Mahler y Arnold Schonberg fueron substituidos por Beethoven, Richard Wagner y Hans Pfitzner fueron suplantados por Franz Schreker. Las críticas musicales escritas por judíos y la influencia de las agencias profesionales, que estaban prácticamente en manos judías, naturalmente hicieron su parte para apoyar esto.

Esta tendencia era aun más evidente en la esfera más liviana de la música de entretenimiento, como la opereta, las películas, la industria del gramófono y la radio. Una influencia creciente en los conservatorios, en la rama de las productoras de discos y en la literatura de música profesional podía observarse de tal manera que se podía justificar la conclusión de que la preponderancia judía en la vida musical alemana era sin duda alarmante.

La situación no era diferente con respecto a las artes plásticas y la pintura. El tráfico de arte judío y la literatura de arte judío pavimentó el camino al éxito para una generación entera de pintores y escultores judíos, — un camino que estaba vedado a la mayoría de los artistas alemanes. Las películas y la radio estaban prácticamente reservadas exclusivamente a las manos judíos, así que es imposible hablar de una participación alemana en estos dominios.

Para destruir toda duda posible de la veracidad de estas declaraciones con respecto a la preponderancia judía en la vida intelectual alemana, solamente debemos volver al testimonio de un judío veraz como Moritz Goldstein quien ya en 1912, había hecho las siguientes observaciones en el ensayo citado más arriba:

“Nadie cuestiona actualmente el poder que los judíos ejercen en la prensa. La crítica, en particular en las grandes ciudades y en sus periódicos influyentes, parece estar convirtiéndose en un monopolio judío. La predominancia del elemento judío en los teatros también es generalmente conocida: casi todos los dueños de los teatros de Berlín son judíos; lo mismo puede decirse, tal vez de la mayoría de los actores, mientras que el hecho de que el concierto y el teatro son dependientes del público judío es continuamente alabado y también deplorado… Muchos apóstoles del arte alemán han sido forzados contra su voluntad, a convencerse del enorme número de judíos entre los poetas alemanes.”

Desde 1912 este avance progresó muy rápidamente. La causa principal fue que los judíos incluso invadieron la administración oficial de la vida intelectual alemana. Les habían dado posiciones gubernamentales que les habían estado vedadas antes de la guerra.

Por muchos años el abogado judío Seelig actuó como el responsable del Departamento de Teatros en el Ministerio de Cultura de Prusia, mientras que el Departamento de Música estaba en las manos del judío Leo Kestemberg. Como la política de la prensa alemana estaba controlada por los judíos, de hecho, la administración oficial suprema estaba conducida por el secretario de Estado Weismann, es fácilmente posible conjeturar hasta que extremo la usurpación judía de la vida intelectual alemana era oficialmente patrocinada y propagada.

Esta preponderancia judía no era de ninguna manera el resultado de una superioridad intelectual, de mayores talentos creativos de parte de la raza judía. Al contrario, era mayormente la ascendencia económica judía ya mencionada la que llevó al establecimiento de su posición dominante en la vida cultural alemana. Este dominio económico fue el instrumento para lograr la aplicación práctica de su influencia intelectual y cultural.

De esta manera, es aun más importante tener en cuenta que la actitud intelectual judía característica, que se manifestaba en todas las esferas de la vida cultural, favorecía decisivamente la realización de su búsqueda del predominio. Su falta de sentimiento nacional, su egoísmo, su racionalismo absoluto, su ausencia de escrúpulos y su hábito característico de especular con los instintos más básicos, — rasgos que ya han sido mencionados en el capítulo dedicado al periodismo judío, — eran la base de su éxito económico, en la cual todo su dominio intelectual estaba basado. La consecuencia fue la desintegración y el decaimiento de la vida cultural alemana. De hecho, no fue tanto las dimensiones del poder judío, ni la extensión de la usurpación por extraños lo que excitó las protestas y la oposición por parte de la nación alemana, finalmente llevando al antisemitismo más agudo, sino que fue la moral característicamente judía, su espiritu innato y los métodos aplicados por la raza judía para usar y abusar de este poder intelectual.

Para demostrar claramente esto, es necesario hacer un examen más minucioso de las varias esferas de la vida intelectual alemana como estaban antes de 1933.

Literatura

Ya hemos mencionado los nombres de aquellos autores judíos, que al menos con respecto a sus ventas, predominaban entre todos los autores alemanes. El más exitoso de estos escritores fue sin duda Emil Ludwig, cuyo verdadero nombre es Cohn. En ese tiempo sus libros eran las obras literarias más vendidas publicadas en la lengua alemana. El número total de impresiones alcanzado por sus obras excedió los dos millones en 1930 y sus novelas han sido traducidas a veinticinco lenguas. En el exterior Ludwig fue, por muchos años, sindicado como el representante de la literatura contemporánea alemana.

Esta reputación y la enorme venta de sus biografías históricas no puede ser explicada sin embargo, por la calidad o valor ético de sus trabajos literarios. Ludwig es uno de los mejores ejemplos que demuestra que gran éxito se puede lograr con una estrategia calculada de publicidad llevada a gran escala…

Alfred Kerr es el segundo personaje importante entre los profetas judíos seudo-literarios. Como crítico del periódico judío “Berliner Tageblatt,” despóticamente blandía su bastón sobre los teatros de la capital. Su palabra era decisiva para el éxito o fracaso de los actores… y no es sorprendente que los poemas líricos de este “guardián” de la cultura alemana (Caprichos, 1921) no sean nada más que una colección de sexualidad obscena y repulsiva.

Georg Hermann representaba un tipo algo diferente, pero de ninguna manera superior, de judío ocupando un puesto conspicuo en el mundo literario alemán. En su diario político titulado Randbemerkungen — Notas al margen — (Berlín, 1919) revela el credo de un hombre débil y decadente de ambiciones literarias, desprovisto de moral: “Como judío, pertenezco a una raza demasiado antigua para ser engañado por medio de la sugestión masiva. Palabras como Nación, Guerra y Estado no tienen ni sonido ni color para mi.”

La mentalidad cosmopolita e internacional de los hijos de Asuero está claramente reflejada en la siguiente confesión: “Me siento como en casa en cualquier país en el cual hablo su idioma, donde hay mujeres bonitas, flores y arte, una buena biblioteca, un tablero de ajedrez, una sociedad agradable y culta, donde el clima es agradable y saludable y el paisaje atractivo.” Sin embargo, Hermann es lo suficientemente honesto para admitir que la raza judía es la responsable de la diseminación de la actitud negativa hacia el estado y el patriotismo. Declara: “El rechazo judío de toda ideología nacionalista es la fuente principal de su calidad evolucionaria y su valor intrínseco.”

El punto de vista de Hermann que de hecho, es puramente anarquista, llega tan lejos como para dejar ver una cobardía personal: “Cinco minutos de cobardía son preferibles a estar muerto por el resto de nuestros días”

La versatilidad e inconsistencia atribuidas al camaleón y al israelita fueron desarrolladas con una perfección prácticamente inalcanzable por el escritor judío Kurt Tucholsky. Este escritor de folletín excepcionalmente productivo, dotado de un estilo brillante y gran talento, hizo uso de no menos de cuatro nombres de pluma, con los cuales operaba como la ocasión demandaba. Además de firmar con su propio nombre, también usaba los seudónimos Peter Panter, Kaspar Hauser y Theobald Tiger. Muchos periódicos y revistas importantes publicaban sus artículos. Sus numerosos libros, que habían logrado una gran circulación, lo habían llevado a ser uno de los escritores más leídos de aquellos días.

Desafortunadamente, solamente usaba sus admirables talentos intelectuales para la crítica destructiva. Nada era sagrado para él y se burlaba de los ideales de la nación alemana; empleaba su sarcasmo mordaz y burlas venenosas a cada sentimiento religioso y nacional. Después del colapso general del Imperio Alemán en 1918, Tucholsky, que nunca tomó parte en la guerra, ridiculizó al ejercito alemán en diatribas interminables en las cuales daba rienda suelta a sus burlas al soldado alemán. De manera similar a su colega judío Lessing, insultó al venerable mariscal von Hindenburg y públicamente lo describió como “un héroe nacional como los que pintan en los vasos de cerveza”. Desprovisto de todo sentimiento de patriotismo, el estigma de la alta traición no podía avergonzarlo. En su libro Deutschland, Deutschland über alles — Alemania, Alemania sobre todo — (Berlín, 1929) que solamente está dedicado a la calumnia de su país natal, dice cínicamente: “Lo que los jueces llaman alta traición no es de nuestro problema y solo puede ser estimado como una acción honorable en nuestros ojos.”

El análisis de su mentalidad puede ser completado con sus propias palabras en las cuales proclama una liberación absoluta de toda la disciplina moral: “El hombre tiene dos piernas y dos convicciones, una durante el tiempo de su prosperidad, otra durante el tiempo de necesidad.”

Finalmente, Tucholsky era adicto al tipo más pernicioso de pornografía y él, junto con el judío Theodor Wolff, fue uno de los más violentos oponentes de la Ley para la Protección de los Jóvenes contra las influencias destructivas de la literatura inmoral y sin valor alguno.

Teatro

Para mostrar el rápido incremento de la usurpación extranjera del teatro alemán hecha por los judíos será suficiente referir al lector al libro publicado por el anteriormente muy popular escritor judío Arnold Zweig: “Los judíos en el teatro alemán”, (Juden auf der Deutschen Bühne) (Berlín, 1928). Con una franqueza sin paralelos Zweig describe como las funciones del financista, el director de teatro, el agente, el director de escena, el actor, el crítico, el poeta y el guionista fueron conquistadas por los judíos. — Zweig relata: “Ellos provienen de Dios sabe donde con dinero en sus bolsillos…” refiriéndose al tipo de judío que, como el corrupto Katzenellenbogen, el judío ruso Kahn y los dos hermanos Rotter — estos últimos también habían emigrado a Alemania provenientes de Europa Oriental, — probaron su suerte en la rama teatral, degradando el escenario, la institución originalmente dedicada al arte y la cultura, a una mera fuente de ganancias pecuniarias. Zweig describe a los agentes judíos como “tenedores de esclavos” quienes, a través del tiempo, habían desarrollado un monopolio irrestricto, por medio del cual ellos controlaban todo el dominio teatral y por cuya intermediación los actores eran dependientes de sus tratos. Dice también: “Las relaciones internacionales y la colaboración entre las varias agencias corresponde y es un resultado directo de la interrelación internacional de los movimientos judíos modernos de Europa Oriental. — No hay actor que no recuerde las innumerables humillaciones e insultos a los cuales debe someterse en este mercado de esclavos. En el caso de algunas de estas agencias el camino al reconocimiento público y la fama atraviesa el camino del extorsionista…”

Ya se ha mencionado el hecho que el manejo de los teatros influyentes del país entero, particularmente los teatros de Berlín e incluso los teatros estatales, había sido adquirido por los judíos. Los hermanos Rotter eran dueños de siete teatros en Berlín. Incluso el escritor judío Arnold Zweig tuvo que admitir en ese caso que “bajo el manejo de estos principiantes el teatro literario fue degradado a una mera empresa financiera enteramente dedicada a la ganancia pecuniaria”. El judío Leopold Jessner, director de escena del Teatro Estatal de Berlín, fue el que convirtió los dramas clásicos de Shakespeare y Schiller en los éxitos populares excéntricos que despertaron la indignación justificada incluso fuera de Alemania. Aunque también fuera de raza judía, el crítico Fritz Engel estuvo forzado a expresar su desaprobación de la puesta en escena del Hamlet de Jessner en diciembre de 1926: “La convierte en una obra de sociedad, a veces en una comedia, y casi en una revista.”

En vista de este predominio judío en la esfera teatral, es difícilmente sorprendente que las obras que figuraban en los repertorios de los teatros reflejaran exactamente la mentalidad de sus propietarios judíos. La tendencia fundamental en la cual estas obras estaban basadas apuntaba a la destrucción de las ideas socialmente aceptadas de la sociedad, estado, nación, gobierno, legislación, y principios religiosos y morales. Cualquiera que se tome el trabajo de estudiar los programas de teatro de aquellos días observará continuamente que los nombres judíos predominaban.

Luego de la guerra, el escritor comunista judío Ernst Toller fue el primero en escribir para el teatro. El era un miembro del Consejo Comunista de los Trabajadores bajo la conducción de Eisner en Munich en 1919. Su drama Feuer aus den Kesseln (Dibuja los incendios) es una glorificación deliberada del motín de los marineros de 1918 y Hinkemann (Mutilado) es una burla sin paralelos al ejercito alemán.

Friedrich Wolf, un escritor judío cuyas obras eran incluidas en el repertorio de prácticamente todos los teatros, también se había dedicado primero a la creación de dramas que trataban sobre mutilados, pero luego se desvió a temas basados en la desintegración moral e intelectual absoluta y la liberación de todos los principios de conducta ética. En su obra Cyankali él propala en voz alta la abolición del párrafo de la ley alemana que protege la vida del nonato.

Walter Mehring es una de las personalidades más antipáticas del mundo literario judío y él mostró considerablemente más malicia y animosidad venenosa que todos sus predecesores y colegas. El comenzó su carrera con la producción de canciones licenciosas, cuyo libertinaje flagrante se encontró con la aprobación completa y el regocijo formal del público judío que frecuentaba los cabarets y lugares de diversión en el Kurfürstendamm en Berlín. Su drama, “Der Kaufmann von Berlin”, que fue llevada a las tablas por primera vez en 1929 por el director de teatro comunista Piscator, muestra el pico de la locura judía por el poder en el escenario alemán. Mehring hace una caricatura de la miseria de los años posteriores a la guerra, en las cuales hordas de inmigrantes judíos provenientes del Este se aprovecharon de una forma despiadadamente retorcida. El héroe en la obra es uno de estos inmigrantes judíos que aparece en las calles judías de Berlín sin un centavo y conquista Berlín en poco tiempo. El verismo desvergonzado en el cual Mehring describe este curso de eventos está equiparado con su burla cínica de todo lo que es sagrado al pueblo alemán. En el clímax del drama, barrenderos barren pilas de basura que consisten de símbolos nacionales, cascos de acero e – incluso el cuerpo de un soldado alemán muerto. Un coro canta la frase: “Dreck, weg damit!” (¡Mierda, fuera con eso!)

No sería difícil continuar esta lista de dramaturgos con la adición de innumerables nombres y ejemplos. Además de Arnold Zweig y Waiter Hasenclever, Ferdinand Bruckner, por ejemplo, debe ser mencionado, cuyos dramas fueron laureados como grandes revelaciones por una audiencia compuesta de perversos buscadores de sensaciones sexuales. Estas obras — Verbrecher (Criminales), Krankheit der Jugend (Enfermedad de la juventud) — disfrutaban su preferencia particular porque casi exclusivamente trataban de anormalidades criminales y sexuales que eran tratadas como si fueran el propósito y la alegría de vivir.

Sin embargo, esta enumeración bastará para forzar imperativamente al observador a preguntarse que otro país que se respete que valora la integridad de sus concepciones religiosas y sus principios morales, podría haber tolerado la actividad y la influencia intelectual de semejante grupo depravado de corruptores literarios. Es de hecho un síntoma lamentable que Alemania, saturada con mentalidad judía, haya soportado su presencia e influencia por tanto tiempo, de hecho, hasta que el régimen nacionalsocialista trajo consigo una revolución completa a este respecto.

Cine

A un grado aun mayor que en la esfera del teatro, los judíos habían copado la industria del cine durante los años anteriores a 1933. Este hecho es fácil de explicar, en tanto que los factores artísticos y financieros están más intrincadamente relacionados en esta rama del arte que en cualquier otra. Los margenes de ganancia derivados de la industria del film exceden considerablemente a los de cualquier otra empresa artística. La posibilidad de realizar tremendas ganancias naturalmente indujeron a los judíos a invadir la industria del cine alemán que había empezado a florecer durante los años posteriores a la guerra. La enorme participación judía en la rama del cinema está demostrada por las siguientes cifras:

En 1931 41 firmas de las 67 productoras de películas alemanas estaban en manos judías, — es decir, un 61%. De 28 distribuidores, 24 eran judíos, es decir, un 86%. Durante el mismo periodo 119 de los 144 guiones fueron escritos por judíos (82%). En 77 casos la puesta en escena era hecha por judíos (53%). Si uno examina los nombres de los productores, directores y estrellas de cine que participaban en estos filmes que eran aclamados de manera entusiasta por la prensa y que se convertían en éxitos de taquilla, descubrirá que la gran mayoría eran judíos. Entre los productores y los distribuidores encontramos a: Pressburger y Rabinowitsch (Cine-Allianz), Heymann, Fallner y Somló, Levy o Cohn. Los directores eran: Oswald-Ornstein, Zelnik, Meinert, Neufeld o Schönfelder. Los actores: Pallenberg, Siegried Arno, Fritz Walburg, Felix Bressart, Kurt Gerron, Grete Mosheim, Gitta Alpar, Rosa Valetti, etc. etc.

La mentalidad típica de la industria del film judía entera es mostrada en su forma más cruda por las llamadas “películas de instrucción social e higiénica”, un tipo de film con el cual los cines alemanes estuvieron inundados durante los años de posguerra. Oficialmente tenían la intención de mostrar a las masas los peligros de las relaciones sexuales anormales y la depravación. Estaban basados en una base seudocientífica y debajo de esta máscara el capital judío especulaba con los deseos eróticos primitivos y los instintos más bajos del público. Criminales, prostitutas y los patólogicamente anormales eran los héroes de este tipo de film. Una elección de títulos tomados al azar de esta legión de estos llamados “films instructivos” dará la mejor idea del tipo y valor de estos: — “Moral y erotismo” — “El libro del pecado” — “¿Cuánto cuesta el amor?” — “Madres culpables” — “Prostitución” — “Cuando las mujeres se pierden.” — Los contenidos armonizaban con los títulos seductores que daban paso a considerables expectativas por parte del público. Estas películas se revolvían en el lodo y la suciedad, y con la mayor franqueza cínica, reproducían escenas que actualmente mostraban la perversión y las deviaciones más repulsivas. El gobierno de aquellos días, que díficilmente podía llamarse mojigato o de mente cerrada, fue forzado a poner un fin a los grandes excesos en esta dirección en 1920 sacando una Ley de Películas, aunque sin tener éxito en eliminar radicalmente este mal.

En los años siguientes las mayores ganancias en la industria del cine fueron derivadas de las “farsas militares” — un tipo de film dedicado a la ridiculización del ejercito alemán y del soldado en si mismo. Estas películas también eran generalmente el producto de la actividad judía, ya sea que los judíos llenaran los roles de productores, autores, directores o actores. Finalmente, es importante recordar que los filmes de propaganda comunista como “El acorazado Potemkin” y “Tormenta sobre Asia” fueron introducidos en Alemania por distribuidores judíos y empresas judías de cine.

Revista

La desintegración y el decaimiento de la vida intelectual alemana bajo la supremacía judía son más aparentes y se muestran de forma más cruda en la esfera del entretenimiento ligero: En la opereta, y especialmente en la revista, la licencia y la frivolidad habían llegado a un punto que Berlín era considerada la ciudad más inmoral del mundo en aquellos días; bajo esas circunstancias no era para nada sorprendente.

Nadie más que los judíos introdujeron esta nueva forma de entretenimiento público, la revista, una rama del arte totalmente desconocida en la Alemania de los días de preguerra. No contentos con la introducción de esta novedad, la abusaron y convirtieron a la revista en esa especie de entretenimiento que tenía mucho de culpa de la depravación y la laxitud que habían atacado la vida moral alemana.

Es extremadamente característico que todos los propietarios de revista de Berlín — en las provincias habían muy pocas empresas de este tipo — fueran todos judíos sin excepción. Muchos antiguos visitantes de Berlín aun recordaran nombres como los de James Klein, Hermann Haller, Rudolf Nelson, los hermanos Rotter y Eric Charell con nombres aun más desagradables. La plantilla complementaria de autores, directores, compositores y estrellas eran también generalmente elegida entre los miembros de la raza judía.

Estas revistas eran verdaderas orgías de sexo y licencia. Todas las realidades de la vida eran vistas desde el único punto de vista del deseo erótico y su realización. La modestia y decencia eran vistas como valores ridículos y pasados de moda.

Los títulos altisonantes y vulgares dados a estas revistas, de las cuales se hacía una propaganda enorme hablan por si mismo. Las siguientes traducciones dan una impresión de lo que era presentado al público:

“Desvístanse” — “Mil mujeres desnudas” — “Los pecados del mundo” — “Casas de la lujuria” — “Estrictamente prohibido” — “Oh Dios mío, mil chicas bonitas” — “Dulce y pecaminoso”

La publicidad para la revista de James Klein’s Revue “Desvístanse” estaban deliberadamente diseñadas para despertar los instintos más bajos del público atrayéndolo con la siguiente frase: “ Una noche sin moral ni principios — Sesenta modelos desnudas, ganadoras de premios de belleza — Aventuras de mujeres hermosas — Experiencias con una chica de quince –.”

Los afiches que publicitaban la revista: “Mil mujeres desnudas” anunciaban: “La gran revista del Amor Libre — Cuarenta fotografías de moralidad e inmoralidad.”

Las actuaciones en si mismas absolutamente cumplían con las expectativas. Las escenas en el escenario revelaban todo lo que las fantasías más atrevidas pueden imaginarse, en resumen, una muestra de libertinaje absoluto y una completa rendición a las pasiones sensuales.

7. La parte judía en la inmoralidad

Incluso un observador sobrio e imparcial sin ninguna idea marcadamente antisemita no puede ya permanecer más impávido por semejantes ejemplos de laxitud y frivolidad que apuntan a las características inmorales e indecentes típicamente judías. Al mismo tiempo estas características son contrarias al espíritu que anima a todas las naciones cultivadas. Por todo esto, el reproche que dice que los judíos son una raza inferior, que estos hechos revelan, es tan grave que parece necesario hacer unas observaciones más a este respecto. Se verá sin embargo, en lo que respecta a Alemania, que en donde todos los estándares morales han sido deliberadamente relajados — donde la inmoralidad se convirtió en un negocio — los judíos fueron prominentes, si no dominantes en esta tarea. Incluso la llamada “ciencia sexual” — uno de los productos amargos del último siglo — fue una invención puramente judía y fue explotada por ellos como una rama floreciente y lucrativa de negocios.

La auténtica “Enciclopedia Judía” incluso tuvo que admitir una marcada sexualidad racial entre sus correligionarios. Cuidadosamente dice así: “La Biblia misma tiene muchas referencias al hecho que el elemento sensual en las relaciones sexuales era muchas veces muy pronunciado… Las palabras de los profetas resuenan con quejas y amenazas con respecto al adulterio del cual uno oye tanto.” (Vol. V, pág. 384.) Con el advenimiento de la emancipación estas ansias judías, restringidas por los guetos de la Edad Media, se derramaron sobre la vida pública del estado. Sin embargo, solo tuvo un campo libre cuando, como resultado de la revolución en Alemania de 1918, todas las barreras de la ley, orden y censura fueron avasalladas. Una verdadera avalancha de literatura, películas obscenas y obras de teatro judías se enseñorearon de Alemania. Ya se ha hablado de los cines y teatros. Lo único que queda por decir que en la literatura todos los autores de obras obscenas eran judíos.

Entre los cientos de miles de libros confiscados por los nacionalsocialistas en 1933 nombres muy familiares aparecieron repetidamente. Junto con firmas editoriales como Benjamin Harz, Richard Jacobsthal, Leon Hirsch, M. Jacobsohn o Jacobsthal & Co. mención debe hacerse de los editores de Kulturforschung — Investigación Cultural — una firma de Viena cuya producción bastaba para llenar muchas bibliotecas. Los títulos hablan por si mismos. Sittengeschichte des Lasters (La historia moral de la depravación), Sittengeschichte der Schamlosigkeit (La historia moral del libertinaje), Bilderlexikon der Erotik (Léxico ilustrado del amor sexual), Sittengeschichte des Geheimen und Verbotenen (La historia moral de las cosas secretas y prohibidas), etc. etc.

Entre los publicadores, se debe recordar a los siguientes: Dr. Ludwig Levy-Lenz, Leo Schidrowitz, Dr. Iwan Bloch, Franz Rabinowitsch, Georg Cohen, Dr. Albert Eulenburg, Dr. Magnus Hirschfeld.

Iwan Bloch y Magnus Hirschfeld fueron en realidad los verdaderos exponentes de esta denominada “investigación sexual”. En realidad no fue más que un tratado de temas obscenos y la degradación de los lazos de matrimonio y familia.

Sus asistentes eran Felix Abraham y Levy-Lenz. Ninguna búsqueda revelará jamás a un colaborador cristiano en esta “ciencia sexual”. Las publicaciones editadas por estos seudocientíficos obscenos cuentan su historia particular de lo que tuvo lugar en el “Instituto de la Ciencia Sexual” de Magnus Hirschfeld y bajo similares conceptos: “Catástrofes sexuales”, “Patología sexual”, “Cadenas de amor”, “Como evitar el embarazo” (escrito por Magnus Hirschfeld”), “Los pervertidos”, “Prostitución”. “Vida sexual en nuestra era” (por Iwan Bloch), — esos eran los tópicos más populares.

Fue debido a sus esfuerzos irrestrictos e infames los que consiguieron que el público general conociera toda esta charla altisonante del amor libre, un llamamiento al derecho ilimitado para permitir que todas las pasiones e instintos fueran permitidos, así como también la demanda de hacer a la homosexualidad y el aborto delitos no punibles. Una campaña acalorada fue hecha por los siguientes judíos respecto al tema del aborto no punible: Dr. Max Hodann, Dr. Lothar Wolf, Dr. Levy-Lenz, Martha Ruben-Wolf, Felix Halle y Alfons Goldschmidt. Este círculo de judíos editó a la vez numerosas publicaciones recomendando mayor restricción de los nacimientos y la evasión del embarazo.

Finalmente, no debemos olvidar al Dr. Max Hodann, Oficial Médico de Salud de Berlín. Con su “Revista Sexual de los Trabajadores”, él buscaba inyectar el veneno de la desintegración moral entre las masas. También se ganó una reputación particularmente desagradable por su propaganda que promovía el auto-abuso sexual.

El señor Scavenius, el encargado danés de negocios en La Haya, estaba absolutamente en lo correcto cuando declaró hace tres años atrás en un discurso radial que “Alemania en ese tiempo era el centro pornográfico del mundo.”

8. La parte judía en el crimen

Es muy difícil sin lugar a dudas medir la extensión real de la parte judía en el crimen en el Reich por las siguientes razones: Los registros criminales llevados en Alemania desde el año 1882 reconocen solamente a los judíos ortodoxos. Esos innumerables judíos que habían aceptado una fe cristiana o que por alguna razón no estaban asociados con ninguna religión establecida, nunca fueron comprendidos en aquellos registros. Entonces, un gran número de criminales judíos de raza, han sido absorbidos en otras categorías estadísticas. A esto debe añadirse el hecho que, comenzando por el año 1918, los registros criminales dejaron de mostrar cualquier subdivisión entre confesiones. Este paso fue probablemente el resultado de la intervención judía. Las siguientes estadísticas no pueden tomarse de ninguna manera como completas. Sin embargo, son suficientes para hacer reflexionar y arrojar luz sobre las características judías.

Cuando se toma todo esto en cuenta, las “Estadísticas Oficiales del Reich alemán” (Nueva edición, Vol. 146) revelan el hecho que un cierto número de crímenes fueron cometidos más frecuentemente por judíos que por cristianos. Tomando una valuación promedio del periodo que comprende desde 1892 a 1901, obtenemos la siguiente tabla:

Crimen

Perpetradores judíos en relación a perpetradores no judíos

Interés personal punible

14 veces más

Usura

13 veces más

Robo de propiedad material

11 veces más

Bancarrota fraudulenta

  9 veces más

Bancarrota criminal

  6 veces más

Recibir bienes robados

  5 veces más

Se verá que los judíos tienen una fuerte preferencia por el crimen comercial. Que este hecho no haya sido lo suficientemente explicado por el largo porcentaje de judíos en los negocios es revelado por las investigaciones conducidas por el judío Ruppin. En su libro, Die Juden der Gegenwart — Judíos contemporáneos — (Berlín, 1904), con la ayuda de estadísticas comparativas. Ruppin llega a números aun mayores para el crimen comercial que la participación judía en el comercio podría indicar. El judío Wassermann llega a la misma conclusión en su libro Beruf, Konfession und Verbrechen, — Profesión, Confesión y Crimen –, (Munich, 1907). El prueba que la criminalidad judía en la bancarrota fue siete veces mayor que entre los criminales no judíos y seis veces mayor en casos de insolvencia fraudulenta. Wasserman obtuvo estas estadísticas guiándose expresamente por la participación porcentual judía en las profesiones comerciales.

Las “Estadísticas Oficiales del Reich alemán” para el periodo 1910 a 1914 además prueban que en un estadio posterior muy poca alteración había tenido lugar. La siguiente tabla lo prueba:

Crimen

Perpetradores judíos en relación a perpetradores no judíos

Recepción comercial de bienes robados

5 veces más

Abuso de fondos fiduciarios de acuerdo a la ley comercial

3 veces más

Fraude

2 veces más

Robo de propiedad inmaterial

8 veces más

Usura

12 veces más

Bancarrota criminal

13 veces más

Además de estos crímenes comerciales, los judíos han tomado una parte aun mayor en otras ramas del crimen aun más reprensibles. Nos referimos al tráfico de drogas y prostitución, apuestas ilícitas y robo de carteras.

La “Organización Central de Lucha contra el Narcotráfico” ha establecido que en 1931, de 272 traficantes internacionales de drogas, no menos que 69 (el 25%) de ellos eran judíos. En 1932 los números fueron de 294 y de 73 (el 25% nuevamente). En 1933 el porcentaje judío se había incrementado al 30%. La Organización Central de Lucha contra las Apuestas Ilegales y Juegos de Azar registró 57 judíos de un total de 94 casos que se conocieron en 1933. En 411 casos de robos menores en 1932 193 judíos estaban involucrados. En el mismo año se halló que entre la pandilla de carteristas internacionales, de un total de 164 criminales, 134 eran judíos, o, lo que es lo mismo, el 82%.

El alto porcentaje de judíos en el crimen inmoral — del que ya se ha hecho referencia en el capítulo concerniente a la inmoralidad judía — es francamente admitido por el científico judío Ruppin, al cual ya nos referimos. Dice así:

“Que los judíos vivan principalmente en las grandes ciudades tiene que ver con el hecho que ciertos crímenes usualmente limitados a la vida citadina están asociados con ellos; por ejemplo, proxenetismo, cooperación en la inmoralidad.”

En vista del limitado espacio que disponemos, solo podíamos dar necesariamente un resumen del papel jugado por los judíos en Alemania antes de 1933. Sería fácil escribir un volumen substancial respecto al tema. Pero incluso un trabajo así solo podría llegar a las mismas conclusiones en prácticamente cada página. Nuestro resumen bastará para convencer a los lectores objetivos y sin prejuicios de lo que era nuestro objeto probar – que la preponderancia de la influencia de los judíos se convirtió en una calamidad nacional del peor tipo para Alemania, y que las palabras previamente citadas de Theodore Herzl, “cada desgracia incrementa su poder” han probado como único resultado ser demasiado verdaderas.

La interdependencia de la crisis nacional y ascendencia judía jamás se ha manifestado con tanta claridad como en Alemania. Bajo estas circunstancias, nos incumbe claramente a buscar comprender las razones fundamentales detrás del problema judío en este país como se ha presentado durante las últimas décadas.

Animada por un deseo de resolver este antiguo problema, si es que era posible, mediante la emancipación y asimilación de los elementos judíos, Alemania se ha mostrado más accesible a la absorción de los judíos que muchos otros países. Todas las barreras habían sido derribadas, todas las restricciones abolidas, todas las esferas de actividad habían sido abiertas sin reservas a los judíos — hasta las posiciones de liderazgo fueron asignadas a ellos, incluso en los dominios que eran de la importancia más vital para la vida nacional. Los judíos, que eran menos del 1% de la población total de Alemania, ocupaban los sitios principales en la industria alemana. El liderazgo político estaba en sus manos. La prensa y la vida cultural en general estaban de manera dominante bajo su influencia. Sus ingresos agregados excedían los del 99% restante de habitantes por más de un tercio. La verdad es que, los judíos habían tenido todas las oportunidades concebibles para fusionar su existencia distintiva en la vida colectiva de la comunidad alemana — una naturaleza distintiva, además, frecuentemente deplorada por algunos de los mejores elementos judíos.

Pero los judíos constantemente ignoraron las reglas del juego limpio por lo que respecta a su crédulo socio alemán. La gran mayoría de ellos nunca desearon fusionarse dentro de la nación alemana, por que eran conscientes del hecho que su disimilitud racial constituía un obstáculo insuperable para la asimilación. Durante los años de la gran tribulación nunca dudaron en traicionar a Alemania, y de abusar de las oportunidades que se les había dado en semejante abundancia para sus propios intereses y propósitos egoístas. Derrotismo y traición, degradación política y corrupción económica, depravación moral, la degradación de todos los valores nacionales y religiosos — esas eran los rasgos sobresalientes de una Alemania dominada por la raza extranjera judía.

Alemania tuvo que pagar mucho por la ilusión que es posible resolver la cuestión judía por medio de un generoso esfuerzo para asimilar a los judíos. Ella había hecho sus cálculos sin contar con un factor de importancia decisiva: la ingratitud congénita, innata y sin límites de la raza judía. Ni es la menor de las razones de la actitud intransigente del antisemitismo alemán — una actitud que ha sido frecuentemente malentendida en el extranjero — la razón es el marcado contraste, evidenciado por los eventos de las últimas décadas, entre la incontestable buena fe de los alemanes y la ingratitud cínica de los judíos.

Que este contraste constituye, de esta manera, el núcleo del problema judío, ha sido públicamente admitido por dos judíos de importancia. El Gran Rabino de Hamburgo, Dr. Joseph Karlebach, escribió en la revista judía Der Morgen (vol. II, pág. 129, 1930): “el ser un judío, es estar en contra de la actitud natural de los seres humanos.”

El judío francés Bernard Lazare, que fue bien conocido en el fin del último siglo, fue aun más cándido en su libro l’ Antisémitisme, en donde él hace la pregunta: “¿Mediante qué cualidades o defectos el judío se ha atraído para si semejante reprobación universal? ¿Por qué ha sido maltratado y odiado alternativamente y de igual manera por egipcios y romanos, por persas y árabes, por las naciones turcas y cristianas? Es por que el judío está en todas partes, y hasta hoy ha permanecido como un ser asocial.

Estas admisiones hechas por cándidos escritores judíos, cuya autoridad es indiscutida, explican mejor que todas nuestras palabras por que el nacionalsocialismo estaba obligado a dar una solución definitiva y final a la cuestión judía, en lo que respecta a Alemania. El sentimiento antisemita en este país no ha sido despertado a este grado por el mero hecho de que existía una preponderancia de una influencia extraña, sino que ha sido despertado por el espíritu que subyace bajo esa influencia y que es inseparable de ella — un espíritu de una naturaleza esencialmente asocial, que dio mal por bien y que invariablemente influyó a los que estaban inspirados por él a cambiar hospitalidad y benevolencia con traición y un odio implacable y destructivo.

Cuando los nacionalsocialistas llegaron al poder en 1933, ellos buscaron resolver la cuestión judía por métodos calculados para reducir pacíficamente la influencia excesiva de los judíos en la vida pública a proporciones compatibles, primero, con la posición de los judíos, siendo una raza extraña, y segundo, con su número, que, como ya se ha dicho, era menos que el 1% de la población total alemana. Cuando la cantidad de desgracias que los judíos le dieron a Alemania antes de 1933 es recordada, los métodos adoptados para disminuir su influencia en la vida pública alemana deben ser tomados como remarcablemente moderados, y que evidencian un control y disciplina extraordinarios entre los líderes de la nueva Alemania. Un hecho es fácilmente ignorado, el hecho que la llegada al poder del nacionalsocialismo constituyó una revolución en el verdadero sentido de la palabra, y que se puede decir sin exageración que casi ninguna revolución en la historia ha sido alcanzada con semejante disciplina ejemplar.

Las leyes de Nuremberg de 1935 formaron la base de una solución pacífica y ordenada de la cuestión judía en Alemania. Pero los judíos no estaban preparados para contar con el hecho irremediable que su era de emancipación en Alemania había llegado definitivamente a su fin. No estaban dispuestos a abandonar su supremacía usurpada sin lucha, y como esto ya no podía ser posible nunca más en Alemania, ellos deliberadamente agitaron en el extranjero, un hecho apenas menos peligroso que una guerra proclamada abiertamente. Por medio de un constante envenenamiento de las fuentes de la opinión pública, han tenido éxito en crear una caricatura de la Alemania nacionalsocialista y de inflamar la opinión internacional contra esta. Incluso han llegado a contestar a las medidas del gobierno nacionalsocialista con los asesinatos de Wilhelm Gustloff y de Ernst von Rath.

La asociaciones mundiales y los intereses de la judería como un poder internacional, así como el espíritu asocial que la anima, no pudieron ser evidenciados de manera más convincente que por su éxito en poner al mundo entero instantáneamente, por así decirlo, en movimiento en contra de la Alemania nacionalsocialista. Porque el mundo ha tomado menos nota de procesos de eliminación llevados a una escala mucho mayor. ¿Quién ha sido el campeón de la causa de aquellos millones de rusos expulsados de su país por la revolución bolchevique, o de los que, no pudiendo escapar a tiempo, fueron torturados y masacrados? ¿Quién siquiera pensó en los alemanes en los estados bálticos, de los cuales el 80% de ellos fueron forzados a emigrar después de la Gran Guerra, y que en la mayoría de los casos están condenados a pasar una vida de perpetuas privaciones en países extranjeros?

Por el otro lado, cuando los intereses de un solo judío son afectados, la judería internacional pide por reparación y asistencia hasta que la paz internacional es seriamente amenazada por sus chillidos.

Alemania sabe bien de donde esta fuente de permanente agitación se encuentra, que perpetuamente enerva al mundo y que efectivamente previene la realización de todos los esfuerzos para llegar a la paz y al entendimiento internacional. El gobierno alemán, consciente de sus responsabilidades, ha llegado a la conclusión lógica, y ha eliminado definitivamente toda la influencia judía, de cualquier naturaleza que fuera, en casa. Así, ha contribuido, por su lado, a expulsar a un elemento que, en palabras del historiador ilustre Theodor Mommsen es “un fermento operativo de desintegración nacional.”

Al final de nuestro estudio del problema judío en Alemania, surge el problema de lo que es que debe hacerse con los judíos. Por que es evidente que los efectos de la política del gobierno alemán hacia los judíos no puede solamente estar confinado a Alemania, sino que debe llegar aun más lejos. El antisemitismo ha sido despertado en todos los países en donde la creencia en las bendiciones de la “asimilación” ha sido rudamente desechada por el curso de los eventos, y por el renacimiento político y espiritual que caracteriza a esta era. La multitud de los inmigrantes judíos llevan con ellos la cuestión judía, con todas sus consecuencias inevitables, en los nuevos “hogares” en los que se les puedan abrir las puertas.

Aquí es claro que el problema judío es susceptible de solución solo bajo una base internacional. Los judíos han reconocido las necesidades que surgen de esta situación. El Jüdisches Nachrichtenblatt del 30 de diciembre de 1938, escribió: “Para todos los que desean ver, es evidente que se requerirán territorios para el asentamiento, no solo de los judíos de Alemania, sino también para los judíos de otros países europeos. Quien es capaz de interpretar los eventos actuales no puede fallar en observar la rapidez con la cual la cuestión judía se está convirtiendo en un asunto urgente en algunos estados europeos, y de la necesidad consecuente de una solución rápida de esta.”

Ya se ha dicho que la creación proyectada de un Territorio Nacional para los judíos en Palestina no dará una solución al problema judío. Lo que es necesario es encontrar territorios en los cuales la propiedad no está reclamada por otros, como en el caso de Palestina — territorios que por virtud de un acuerdo general deban ser entregados exclusivamente a los judíos. Esta necesidad está reflejada en el hecho en que incluso en Inglaterra, el Poder Mandatario, la posibilidad de asentar a los judíos en territorios de ultramar está prevista.

Alemania, como no tiene colonias, no está en posición de hacer ninguna contribución efectiva a estas discusiones internacionales.

Las características raciales y el destino histórico se combinan para hacer más problemático el intento de resolver la cuestión judía por medio de un estado judío, más de lo que se pueda esperar que sea exitoso. Ya hemos expuesto este punto de vista cuando hablamos del problema de Palestina. A la larga, esto debe depender de los judíos mismos, y de su inmenso poder financiero, ya sea que los esfuerzos unidos de los países occidentales sean exitosos o no — si, después de dos mil años de incesantes andanzas, Asuero por fin podrá descansar.

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Autor: Gas Mask

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